Niños oncológicos

Si tienes problemas te aconsejo algo que te puede parecer masoca pero, vete a un hospital. Y no precisamente para ponerte en manos de un especialista con el fin de remediar tu ‘enfermedad’, sino para ser tú el remedio de la enfermedad de otros. Ya verás como así se te quitan eso a lo que llamas problemas.

Antes de todo, no pretendo mirar con desprecio tus posibles y existentes problemas familiares, sociales o laborales, de mayor o menor calado, ni llamarte mentiroso o exagerado. Ya sabemos que los problemas no acaban nunca y van en aumento conforme uno va creciendo. A lo que me refiero es que un día, un solo día de tu vida, vayas a un hospital aunque sea para pasearte por los pasillos. Entonces, solo entonces, caerás en la cuenta de que eres un afortunado.

Menuda suerte tener salud. Realmente podemos hablar en términos de calidad de vida. Ese ‘estar sanos’ es una parte importante de nosotros, sin embargo, tampoco hay que obsesionarse, como las típicas mujeres que van día sí y día también a visitar al médico, ni eliminar por completo de nuestro vocabulario este término. Pues bien, el otro día solo tenía palabras de agradecimiento. Fui al Hospital Virgen del Rocío, de Sevilla, y salí transformada. Por trabajo suelo visitar muchos centros de salud pero lo que viví me dejó sin palabras. Había una rueda de prensa en el hospital infantil para inaugurar el curso escolar y algunos niños fueron a saludar a los políticos que iban a pasar un rato con ellos.

Bueno, sinceramente, más que a pasar un rato con ellos, lo que hicieron fue lo que hacen todos los políticos, sonreír para la fotografía. Un cúmulo de flashes, de periodistas, de personal sanitario y de familiares colapsaban la sala. Ninguno quería perderse la oportunidad de salir en los periódicos al día siguiente. ¿Y los niños? Pues ahí estaban, como si no pasara nada a su alrededor, jugando con sus muñecos y pintando. Para ellos hubiera sido un día normal y corriente si no llega a ser por esta visita premeditada.

A veces nos creemos que los niños, como son de corta edad, son tontos. Pero nada más lejos que pensar eso porque los críos se dan cuenta de todo, incluso de que sus visitantes los estaban utilizando como objetos fotográficos y de puro interés periodístico. Confieso que al principio, era una de las ciegas que solo buscaba la noticia o la mejor fotografía para ilustrarla. Pero, de repente, al ver los ojos de uno de los niños que me estaba mirando m quedé pensativa.

Ese niño estaba triste, pero era una tristeza provocada por el ambiente que le rodeaba, más que por su enfermedad (en este caso, oncológica). Y ya es fuerte decir esto pero se sentía utilizado. Fue entonces cuando dejé a un lado la cámara fotográfica y el bloc de notas para ponerme en cuclillas a jugar con él y con sus amigos de mesa. Pasé olímpicamente de los políticos, de mis compañeros de profesión, de la rueda de prensa y me decidí a ser feliz en ese mismo instante haciéndoles felices a ellos.

Vi con claridad cual era mi papel: arrancarles la sonrisa a esos niños oncológicos. Si en algo me caracterizan las personas que me conocen es que soy muy feliz y que siempre estoy sonriendo. Pues tengo que confesaros que ahí me costó más que nunca sonreír porque me daban mucha pena estos pequeños. Pero sabía que estaba en mi mano unirme a su tristeza o, por el contrario, colmarla de alegría. Y opté por lo segundo. Fue uno de los mejores días de mi vida, un acontecimiento que me marcó y que siempre recordaré.

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