Rueda de prensa

Vuelta al trabajo y… ¡Notición! Mañana rueda de prensa en Granada y estoy en Sevilla. Estamos a miércoles. Todo rápido y veloz, sin digerir. No pasa nada. Un par de llamadas para intentar solucionar que me atiendan por teléfono los que van a participar en la rueda de prensa, obtener sus declaraciones y elaborar el artículo. Parece fácil pero se complica. “¿Te importa si te entrevisto ahora?” Nervios. Voz temblorosa. “La rueda es mañana -me recuerdan- y la estamos preparando, tenemos reuniones; imposible”. El problema es que el jueves cierra la edición del lunes y tiene que estar finiquito el artículo mañana justo después de la rueda, que estaba prevista para las 11 horas. Y como toda rueda de prensa, al final siempre es lo mismo: se lanza un bombazo, todos los medios al loro, todos quieren entrevistas a la vez y me veo, al final, que se olvidan de mí, porque no estaré allí, sino en la distancia. Y ponte a localizar a alguien en la distancia cuando hay 15 periodistas más, por decir un número, intentando dar voz al acontecimiento in situ. La ley de la selva más absoluta.

A veces lo que cuesta que salgan las cosas y lo que cuesta escribir un artículo. Encima que me adelanto y les pego un toque el miércoles, resulta que no me dejan hablar con ellos. Pero insistí: “Mi intención es sacar la noticia el lunes,o lo que es lo mismo, que no rompo el embargo”. Debí de agobiar al personal que me dijeron: “Lo vemos muy precipitado, preferimos dejar la entrevista para el lunes”. Presa del pánico pensé: “¿Pero qué parte no han entendido?. El artículo sale el lunes y se cierra el jueves, ¿cómo es posible que me diga que le entreviste el lunes si el lunes usted tiene que estar en el periódico, no en mi grabadora?”. No entendía nada. Y claro, sólo con pensar en llamar a la redacción y decir un día antes que se caía el artículo es ganas de que te canten las cuarenta porque das escasas 24 horas a tus compañeros para que busquen otro tema que ocupe esa página que tenía todas las papeletas de quedarse en blanco. Menos mal que lo que olía a fracaso se quedó en un susto.

En eso que se te viene a la cabeza cuando Homer Simpson estrangula a Bart. A más de uno le echaría una mano al cuello, pero decidí hacer unas llamadas a los mandos superiores y me quejé. “¿Cómo es posible que sus subordinados me digan de que les entreviste el lunes si lo necesito para mañana mismo?, ¿cómo se explica que todos los medios se vayan a hacer eco de la noticia mañana y que a mí me deriven al lunes? Ellos tampoco lo entendieron y se excusaron en la falta de experiencia de los subordinados con los periodistas y los nervios previos a la rueda. Lo que me faltaba por escuchar. Pero tardaron dos minutos en tirarles de las orejas y ya todo solucionado. Me iban a atender cuando yo quisiera, no cuando ellos quisieran, e iban a responder a todas mis preguntas. Al final todo solucionado. Una aventura más de la que me toca por vivir. El mismo jueves, horas después de la rueda de prensa, me atendieron amablemente y el artículo salió el lunes, como si no hubiera pasado nada. En el fondo, creo que no pasó nada.

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Negar una realidad

Con la noticia de la muerte de los dos espeólogos españoles en Marruecos se observa a la perfección quiénes aceptan la muerte de un ser querido y quiénes, por el contrario, reclaman responsabilidades a los gobiernos españoles y marroquíes sobre lo sucedido. Toda persona que practica un deporte de riesgo sabe a lo que se enfrenta. Se juega su vida hasta el punto de que quizá no vuelve para contarlo. Asume un riesgo porque así lo quiere, porque le produce cierta satisfacción ese deporte, le genera adrenalina, etc., de lo contrario se quedaría en su casa. Un placer que se puede volver en su contra por una mala caída, un cambio climático o cualquier otra circunstancia. ¿Para qué se metieron en ese terreno? Cuando se arriesga ocurren estas cosas. Pero se arriesgaron con conocimiento de causa. Sabían dónde se metían, las dificultades que entrañaba y aun así siguieron adelante. Es decisión voluntaria, libre. Lo hicieron porque quisieron, pero ponen en peligro no sólo sus vidas, sino las de sus acompañantes y, cuando ocurre algún problema, las del equipo de rescate. Estos sí que se juegan sus vidas a diario, fruto de la imprudencia e irresponsabilidad de algunos. E incluso después de todo lo descrito algunos compañeros de los espeólogos siguen reclamando responsabilidades. “Tardaron mucho tiempo en acceder a la zona… si los hubieran rescatado antes seguirían con vida… no han hecho absolutamente nada por estos españolitos de a pie… el gobierno español y marroquí han matado a José Antonio”. Palabras duras donde las haya. Seguro que ni los propios espeólogos pensaron antes su expedición que los medios de rescate de las autoridades marroquíes eran obsoletos y precarios, si les pasara algo. Sin embargo, sí que llevaban pensando en este viaje desde hacía un año, para el que habían contratado un guía y pasado los últimos meses preparando una hoja de ruta totalmente detallada. Qué fácil es echar la culpa a los demás, qué difícil asumir la pérdida de un ser querido. Se murieron porque sus muertes estaban escritas y punto, no hay que buscar mayor explicación. Por lo menos se fueron practicando una de sus pasiones.

La fuerza de la insistencia

En julio de 2014, el médico especialista del Hospital Virgen del Rocío que atiende a Marcos y Jesús, dos niños sevillanos de 8 y 5 años con distrofia muscular de Duchenne, solicitó a la farmacia del Hospital el tratamiento comercializado en España para tratar dicha patología rara. Al no obtener ninguna respuesta, los padres insistieron y cinco meses después, en noviembre, recibieron la denegación por escrito de la Comisión de Farmacia y Terapéutica de los Hospitales Universitarios Virgen del Rocío-Virgen Macarena. En diciembre, José María y María Ángeles, con el apoyo de la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), presentaron un escrito de alegaciones sin obtener ninguna respuesta. Tras varias quejas en los medios de comunicación, consiguieron que la Comisión se volviera a reunir para revaluar la situación el pasado 13 de febrero. Transcurridos diez días los padres no han recibido noticia alguna. Cuando parece que el fracaso llama a las puertas de esta familia, tras once días de reuniones de la Comisión por fin tienen respuesta: Le van a dar, de momento, el tratamiento al mayor, eso sí, no se sabe cuándo se le dispensará el fármaco.

En esta historia no puede salir todo redondo y perfecto desde el minuto uno. Ha habido meses de espera, sufrimiento, frustración, incomprensión, ignorancia… hasta que por fin han sido escuchados. La insistencia del médico y de los padres han sido claves en este proceso, aunque la espera haya sido de siete meses. Unos meses que no han pasado en balde ya que la enfermedad de estos niños no espera, sigue evolucionando. Lo que más ha influido, sin duda, ha sido la presión ejercida por parte de los medios de comunicación, que han puesto de manifiesto las quejas de los padres ante la tardanza de la burocracia. Y otra cuestión que tampoco pasa desapercibida ha sido la coincidencia en fechas con la celebración del VII Congreso Internacional de Medicamentos Huérfanos y Enfermedades Raras en Sevilla. Sea lo que fuere lo que ha motivado que la Comisión aceptara el tratamiento de estos niños, lo que queda claro es que la insistencia acaba dando su fruto y que el periodismo es un gran aliado de las causas sociales.

Reglas básicas de convivencia

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¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Estas reglas de convivencia son geniales, no sé quién es el listo que las habrá inventado. Creo que no hay que serlo demasiado para darse cuenta de que son de sentido común y muy simples. Cualquier niño las entiende y las hace suya en un momento, el problema lo tienen los adultos.

Vas por la calle y te encuentras a padres con algún hijo pequeño que te mira y te dice: “hola”. Está contentísimo de saludarte. Se podría decir hasta que es la primera palabra que pronuncian. Y tú también le saludas: “hola”. Y te ríes con los padres del atrevimiento de la criatura. ¿Pero saludar y despedirse es cuestión de atrevimiento? No lo creo. Es cuestión de educación, que brilla por su ausencia.

He vivido varios años en el norte y allí la gente saluda poco. Dicen que el frío les hace tener un temperamento más frío (valga la redundancia). Sea lo que fuere, las excusas que se las cuenten a otros. Yo saludaba. Si me respondían, bien; si no, pues fenomenal también. Por mi parte que no quede. Una vez, en un control de alcoholemia a las 02.00 de la mañana, me obligaron a soplar porque bajé la ventanilla del coche (en pleno invierno) y saludé a los policías. Como no se lleva eso de saludar y menos a esas horas de la mañana un fin de semana, se pensaban que iba bebida y que el alcohol me había soltado la lengua. Nada más lejos de la realidad. Resultado: cero alcohol en vena. Gracias y buenas noches.

Hoy en día se saluda sólo a la gente que te cae bien. ¿Si me caes gordo para qué te voy a saludar? Menuda falsedad, podrían hasta pensar. Como si me caes delgado. Por lo menos, un mínimo de educación. Que mal queda saludar a unos sí y a otros no, hacer acepción de personas en plan niños pequeños: “tú eres mi amigo y tú no”. Qué estupidez más grande. Algunas personas niegan el saludo, se ve que les cuesta mucho extender la mano, dar dos besos y dirigir la mirada al otro. Otras, cuando hay mucha gente reunida, dicen: “señores y señoras, hola a todos”, para no ir uno por uno ni interrumpir cuando se llega tarde. Olé por estos últimos. El mundo necesita personas como esas.

¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Está claro: el que llega es el que tiene que saludar y el que se va es el que tiene que despedirse. No al contrario. Si vas a saludar, no te dejes a ninguno atrás. Si vas a hacer un saludo generalizado, que sea generalizado. Lo mismo con las despedidas. Creo que no digo nada nuevo. Recuerdo lo mínimo, las normas básicas de convivencia y… de educación, disculpadme el apunte.

El poder de un libro

No todos los días hablas por teléfono con alguien que te comenta que se ha leído un libro y que gracias a él ha cambiado la forma de ver su propia enfermedad. Esta chica sufre de migrañas y según ella su enfermedad es fruto de sus paranoias mentales, de creerse que le va a doler la cabeza si viaja en avión, si toma chocolate o café, si bebe en exceso o creerse que le va a dejar de doler por la simple acción de bajar la persiana y mantenerse en un lugar a oscuras y sin ruido aparente. Me decía: “Me pongo límites a mí misma, voy con la idea preconcebida de que en esa situación concreta me va a doler y entonces me duele”.

Parece que el cerebro es demasiado listo, entiende más que nosotros mismos y va por delante incluso de lo que vamos a pensar. Debe notar el estrés que desprendemos ante determinadas situaciones a las que nos tenemos que enfrentar, en ocasiones con miedo, como la migraña. El libro vende la idea -me contaba esta chica- de que si te olvidas de tu migraña, ella se olvidará de ti. Como si de un eslogan se tratara, viene a decir que todo es psicológico y con no pensarlo no tiene por qué pasar nada. Así de fácil.

Un paralelismo con la sociedad actual. Lo mejor para que la vida no nos ahogue es no tener conciencia. Una vez me dijeron que si no quieres que algo se sepa ni lo pienses. Pues aquí pasa lo mismo. La migraña es una enfermedad, supone un problema para muchas personas. Solución: la migraña es una invención de la mente. Si no pensamos en ella, si nos olvidamos de que existe, viviremos mejor, en paz, y podremos hacer vida normal. ¿Pero realmente se afronta la enfermedad o se huye ella?

Un conjunto de palabras forman un libro, un conjunto de síntomas dan lugar a una enfermedad. Lo que está claro es que el poder de un libro no cura una enfermedad.

Suicidio asistido

Chica estadounidense, de 29 años, casada desde hace algo más de un año y enferma de cáncer terminal. Brittany Maynard es conocida por acogerse al suicidio asistido, que tendrá lugar más pronto que tarde. Ésta es su decisión. Totalmente respetable, pero no coincido con ella, no tanto por el debate sobre si quitarse la vida o mandar que te la quiten es acertado o no, sino porque esta chica que contrajo matrimonio hace poco tiempo realmente no se ha enterado de nada. Empecemos por la frase: “En la salud y en la enfermedad… hasta que la muerte nos separe”. Esto es amor. Amarse cuando haya una salud de hierro y cuando falte, en la vejez y en la juventud, cuando nos sintamos útiles y cuando ya no sirvamos para mucho.

Esta joven había previsto el suicidio asistido para mañana día 1 de noviembre, pero lo ha pospuesto porque, en sus propias palabras, “todavía me siento lo suficientemente bien, todavía tengo la suficiente alegría, todavía río y sonrío con mi familia y con mis amigos, así que creo que este no es el momento adecuado”. Al parecer, el momento adecuado será cuando ella no se siente tan bien, porque el amor, para ella, es un sentimiento que viene y que va. Como llegará un momento en el que no se sentirá bien ni físicamente ni psicológicamente; lo mismo puede que no llegue a reconocer a sus familiares; por no decir que sufrirá mucho dolor por el avance de la enfermedad, Brittany prefiere quitarse del medio, así ella no sufre y los que están a su alrededor tampoco. Porque ese “hasta que la muerte nos separe” es la muerte que Brittany decide cuándo se ha de producir, no la que le viene dada y que desconoce por completo cuándo tendrá lugar.

Su madre le había dicho que no le importaba cuidar de ella en el estado en el que se encontrara y el tiempo que viviera, pero se ve que la joven no quiere hacer pasar por eso a sus familiares ni a ella misma. Es más, creo que primero ha pensado en la vergüenza que sentirá ella al ver sus capacidades físicas y psíquicas mermadas, y después en el supuesto daño que su enfermedad causaría a los demás.

Permitidme esta reflexión. Cuando el ser humano se expone a cualquier tipo de sufrimiento, es tanto el miedo que le genera que se olvida de amar, porque sólo piensa en que no podrá sobrellevar lo que está viviendo, incluso a veces se pone en lo peor antes de que llegue. Brittany no se ama a sí mismo, sólo se quiere cuando tiene salud, pero no cuando tiene una enfermedad terminal fulminante. Se considera como una carga y ha perdido el sentido de todo. No es capaz de aceptar esa situación, ni dejarse amar por los demás porque ella es la que está en el derecho a decidir sobre su vida.

Qué fácil es decir: “me largo, ahí os quedáis”. Hasta qué punto tiene que estar desesperada esta mujer para dejar de amar y estar dispuesta a abandonar a su marido, familia y amigos. Qué difícil le tiene que resultar levantarse cada mañana para luchar, cueste lo que cueste, por los que más quiere. Pensé que la juventud era un tiempo para hacer locuras, para amar, para luchar y volver a empezar, para ser optimisma y nunca perder la ilusión pase lo que pase. Se ve que Brittany es una excepción.

Desayuno sin diamantes

Desayunar en los bares de los alrededores del Hospital Virgen del Rocío no es apto para escrupulosos. Más cutres no pueden ser, pero la gente sigue frecuentándolos. Tener hambre nos hace mucho daño. Primero, perdemos el norte: Da igual dónde estemos y qué hora sea, que cuando nos crujen las tripas hay que salir corriendo a la caza y captura del cafelito y el pan tostado que dice: “Cómeme!”. Segundo, nos ponemos ansiosos: Como seguimos el rastro del dulce aroma del café recién hecho y del pan chamuscado (lo que nos gusta una barbacoa, señores y señoras) nos da igual las pintas por fuera y por dentro que tenga el bar porque entramos en el primero que sea. Tercero, aguantamos lo que haga falta: Obviamente, el primer bar siempre estará lleno -porque todos hemos pensado lo mismo- y hay que esperar a abrirse un hueco en la barra con los codos o presionar con la mirada y arrimándose poquito a poco a los ocupantes de una de las mesas de desayuno.

Y yo que pensaba que los mejores bares son los que están repletos de gente… No, los que están a rebosar son los bares de los conformistas: “Aquí me quedo”. Y ahí me quedé. En cuestión de cinco minutos, cuando ya me había sentado en la mesa, el bar se quedó medio vacío como si de una bomba fétida se tratara. Al fin, el camarero me trajo la tostada. Lo que en un principio iba a ser una tostada de mantequilla y jamón de york, de repente, la mantequilla brillaba por su ausencia y me pregunté: “¿Dónde andará?”. Más cerca de lo que pensaba. El tarro de mantequilla estaba en la esquina de la mesa. Sí, sí, como lo estáis leyendo: el tarro de mantequilla. En esos momentos se vino a mi memoria el recuerdo entrañable de las mantequillas individuales. “¿Estará de broma, no?”, pensé. Pues no. Sólo había que mirar a un lado y al otro para comprobar que en cada mesa había un tarro y que todos se untaban mantequilla del mismo sitio y de la misma forma: abrían el tarro, cogían el cuchillo y vámonos que nos vamos, marchando una de mantequilla y york. Superado el susto, me dispuse a hacer lo mismo. Para mi sorpresa, cuando abrí el tarro, lo que vi no fue nada agradable. A saber cuánta gente antes que yo había pasado por la misma mesa. Preferí no pensar entonces en las personas que tienen por costumbre -o mejor dicho, por vicio- chupar el cuchillo. Cero higiénico esto del tarro.

Resulta que las virutas de los diferentes panes que habían sido untados antes que el mío estaban ahí, por no hablar de las virutas que ya habían echado raíces en el tarro desde hace días. Menudo detalle tuvieron conmigo los que utilizaron la mantequilla antes y dejaron ahí sus migas para el siguiente y el siguiente y… En fin, la educación también brillaba por su ausencia. Más que mantequilla parecía la acumulación de todas las migas de pan que se quedan en el fondo del tostador. Tenía dos opciones: o levantarme e irme, o coger el cuchillo y apartar a un lado todas las virutas, de tal forma que podía utilizar la mantequilla del fondo del tarro que estaba en perfecto estado. Fue lo que hice porque mi barriga seguía rugiendo y no podía esperar más a darle un bocado al pan tostado de mantequilla y jamón de york. Dicen que lo que no mata, engorda. Desde luego, fue el desayuno con menos glamour que he tenido nunca. Tener hambre nos hace mucho daño.

Hay vida más allá de las sociedades científicas

Se acerca el Día Mundial de… De lo que sea, da igual, porque siempre habrá alguna sociedad científica que tenga algo que decir sobre ese día, la prevalencia de la enfermedad, los síntomas, su diagnóstico y tratamiento. Qué bonito es el empaquetado del mensaje que hace que las palabras suenen bien y todo. Esas palabras prácticamente son las mismas de una año para otro, con la única diferencia de que salen de bocas diferentes, pero en el fondo sirven para alabar la labor de la sociedad científica en la lucha contra esa enfermedad y para el autobombo: Pero qué bien hacemos las cosas, cuánto estamos investigando y qué resultados más positivos estamos teniendo (que puede que estén inflados por ellos mismos, para quedar mejor de cara a la sociedad).

La realidad de la vida es que la gente no quiere ver, leer o escuchar siempre lo mismo. Cualquier enfermo que esté “celebrando” el Día Mundial de su enfermedad quiere resultados reales, tratamientos efectivos y comprobar que se está haciendo algo más que vender la moto. Y lo que más llama la atención es que los medios tengan a las sociedades científicas como si de la Biblia se tratara. Lo que digan las sociedades científicas no es Palabra de Dios. Puede que sean expertos en la materia, pero no los únicos. Siempre se les da oportunidad para dar su opinión, sin embargo, hay otros especialistas que quizá sean mejores que los que pertenecen a estas sociedades y no se les echa cuenta.

He llegado a ver, incluso, que dentro de la junta de gobierno de algunas de estas sociedades no hay ningún miembro que esté, por ejemplo, en Top Doctors (referente de los doctores de primer nivel en España). Entonces, ¿qué voz habría que darles? Más bien habría que acallarlas, porque no son referentes de nada. Hay vida más allá de las sociedades científicas. El reto, como medio de comunicación, no es publicar lo que ellos dicen, sino contrastar e incluso realizar una labor de investigación para ver qué otros médicos de España o de mi localidad en cuestión están con tratamientos e investigaciones punteras. Porque no todos los médicos que pertenezcan a una sociedad científica son los únicos que investigan sobre una enfermedad. Por lo tanto, lo que un paciente ansía es encontrar tratamientos efectivos y conocer por dónde están yendo los avances. Y esta información no la facilitan estas sociedades.

Carmen Cáceres Calle

Opinando sobre el ébola

Teresa, el nombre más sonado estas dos últimas semanas, es la auxiliar de enfermería que se ha contagiado por ébola en el Hospital Carlos III de Madrid. Atendió a García Viejo, uno de los enfermos que llegó a España, y se contagió ella. Cosas que pasan. Creo que todo sanitario debe saber que al atender a personas enfermas asume un riesgo, independientemente o no de que lleve un traje puesto. Si no quieres atender a personas enfermas, no seas un profesional sanitario, pero si decides ser sanitario, habrá que estar a la altura, a las duras y a las maduras, aunque por ello, en ocasiones, tengas que poner tu vida en juego. Qué fácil es ser profesional sanitario cuando no hay complicaciones y qué difícil cuando llega una situación que entraña peligro.

Hay profesionales sanitarios que llevan toda su vida en África ayudando a personas enfermas y otros que, en momentos en que toda ayuda es necesaria, como en un caso de crisis sanitaria, dejan todo y se van a echar un cable. Hay sanitarios y sanitarios. Es importante volver a los orígenes de la profesión médica: “me comprometo a consagrar mi vida al servicio de la humanidad”, “la salud y la vida del enfermos serán las primeras de mis preocupaciones”. Estos profesionales ponen su vida al servicio de los hombres hasta el punto de que antes que preocuparse por uno mismo, está la vida y la salud del enfermo.

El 25 de septiembre muere García Viejo. Después de su fallecimiento, Teresa comenzó a incubar el virus. Hizo vida normal hasta que el día 30 de septiembre acude al médico de cabecera porque tenía fiebre, pero no le dijo que había estado en contacto con un paciente con ébola. Teresa se calló, no dijo nada. ¿Por qué? ¿No cayó en la cuenta de que podría estar relacionado? Teresa fue a la peluquería a depilarse y siguió haciendo vida relativamente normal. Al cabo de una semana pide que le fuera aplicado el test de ébola. El 6 de octubre ingresa en el Hospital Carlos III por contagio.

Teresa y su irresponsabilidad poniendo en peligro innecesario a su marido, al médico de cabecera, a todos los que se encontraban en el centro de salud, a las peluqueras, etc. Y no solo eso, sino que a su vez esas personas han entrado en contacto con otras. ¿Por qué no pidió el test de ébola antes? Son cosas que no se entienden, al igual que tampoco se entiende la oposición al sacrificio de su perro. El perro ha estado en contacto con la enferma y ha salido a hacer sus necesidades (heces y orina), es decir, es elevado el riesgo de contagio de ébola. Tampoco es comprensible las imágenes que se han difundido de algunas personas que han ido a desinfectar la casa de Teresa y que, a la salida, se han quitado el traje de protección sin ningún tipo precaución. Y podría seguir hablando de sin sentidos.

Sin entrar en quién o quiénes son los culpables, creo que ningún país, por muy desarrollado que esté, puede estar preparado para hacer frente a enfermedades infecciosas de gran calibre como ésta. Puede que algún día la dominemos, pero seguimos sin dominar el SIDA, el cáncer y otras enfermedades que a los profesionales sanitarios e investigadores científicos se les van de las manos y se cobran muchas vidas. Y, por desgracia o por suerte, según como se mire, se aprende de los errores. Si los errores que se han cometido por deficiencias en el protocolo sirven para mejorarlo, bienvenido sea. Se podrían haber evitado, es verdad, pero todos nos equivocamos.

Carmen Cáceres Calle

¿Es urgente?

Llamas por teléfono varias veces seguidas y a la tercera, por fin, me cogen el teléfono.

–Sí, dígame.

–Soy Carmen, de…

–Ah! Hola Carmen, disculpa pero estoy reunida, te llamo en cinco minutos.

Lo que iban a ser cinco minutos fue más de una hora. Cuando a la hora me devuelve la llamada, le dije que ya no necesitaba nada, que iba a publicar un artículo al día siguiente en relación a una nota de prensa que me había enviado, pero que ya era tarde porque la edición del periódico del día siguiente estaba cerrada.

–Vaya, perdona, no sabía que te corría tanta prisa.

–Tampoco me diste la opción de decirte nada (pensé). No te preocupes, gracias de todas formas.

Cuando envías una nota de prensa a los medios de comunicación, lo normal es que los medios se interesen y quieran realizar alguna entrevista, por lo tanto, hay que atenderles debidamente y dejar las reuniones para otro momento, o reunirse con los jefes a sabiendas de que te van a bombardear el teléfono con llamadas, o lanzar la nota de prensa cuando no tengas reuniones y estés libre. Otra opción es facilitar en la misma nota de prensa el teléfono de contacto de la persona a la que entrevistar, que habría que avisar con tiempo para que esté totalmente disponible si le llaman desde algún medio de comunicación, y olvidarte.

Volvamos al principio. A la tercera va la vencida. Tuvo que sonar el teléfono tres veces para que me lo cogiera y fue un milagro que lo hiciera porque, si estaba reunida, podría haberlo puesto en silencio. Pero quiso descolgarlo dada mi insistencia, a pesar de no conocer el teléfono desde el que le llamaba. Cualquiera con sentido común sabe que cuando una persona insiste es porque algo quiere de ti y quizá es urgente. La conversación podría haber cobrado otro talante:

–Sí, dígame.

–Soy Carmen, del diario X.

–Ah! Hola Carmen. Mira, estoy reunida. ¿Te puedo llamar más tarde o es algo urgente?

–Pues mira, la verdad es que me corre un poco de prisa. Me gustaría localizar a este médico que aparece en la nota de prensa lo antes posible, porque antes del mediodía necesito entrevistarle para publicarlo en el diario. ¿Me lo gestionas?

–Sí, claro, ahora mismo le llamo por teléfono y le digo que le vas a llamar. Lo puedes localizar en el: XXX XXX XXX

–Muchas gracias. Ya siento haberte interrumpido y las prisas, pero ya sabes que siempre vamos a mil.

–No te preocupes. Gracias a ti. Avísame cuando se publique.

–Por supuesto. Cuenta con ello. Un beso.

–Un beso.

Calculando el tiempo de conversación, no excede los dos minutos. Y dos minutos arriba, dos minutos abajo, ya que descuelgas el teléfono, al menos dame la opción de poder explicarte la razón de mi llamada. Porque, en última instancia, lo que te interesa es mantener una buena relación con los periodistas y que cuantos más medios entrevisten al médico, mejor. Salimos todos ganando.

Carmen Cáceres Calle