Instituciones saludables

España goza de instituciones saludables. Hablo de aquéllas que cuentan con un equipo de cabezas pensantes, con ideas brillantes y que ponen en marcha iniciativas en el campo de la salud para quitarse el sombrero, como son las tecnologías wearables. El otro día entrevisté a la responsable de una institución que ha abanderado un proyecto de salud digital. Todo fue bien hasta que, para mi sorpresa, cuando estoy redactando el artículo me llega un correo electrónico a la bandeja de entrada pidiéndome, por favor, que no la citara en el artículo y que tampoco pusiera fotografía. De repente, se echa para atrás. Y me quedé pensando en la rareza de la situación. No es muy normal que cuando una institución tiene una gran idea no quiera que la saquen en primer plano en el periódico ni que la citen en el artículo, en este caso a su máxima responsable. O me estaba escondiendo información o no lo entendía. Por lo general, las personas están encantadas de salir en la fotografía cuando hay que presumir de “lo bien que lo hacemos” o “del gran proyecto que hemos incubado”, no así cuando se está implicada en algún caso peliagudo y la prensa te va a poner a tiritar con sus críticas.

Al principio atendí a su petición, pero seguí reflexionando sobre la cuestión. Las instituciones la forman personas con nombre y apellidos y con un cargo dentro de la misma. Una institución en sí no puede dar voz a un proyecto, sino las personas que la constituyen. Por tanto, las instituciones tienen que dar la cara, les guste más o menos. La responsable de esta institución se tendría que haber pensado mejor si accedía a mi entrevista, pero lo que tengo claro es que íbamos adelante con nombre y apellidos. De la fotografía podía pasar. Así lo hice. Y me daba igual que no me dirigiera jamás la palabra. Más valentía, más dar la cara y menos rajarse en el último momento, que creo que es lo que peor llevo. Y eso que iba a hablar bien de la institución. Me pregunto cómo hubiera sido al contrario. Seguramente, ni me hubiera dejado entrar por las puertas.

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Donar semen

Ayer veía el telediario y una noticia versaba sobre la donación de semen. De toda la vida -o al menos desde que tengo uso de razón- he escuchado hablar sobre la importancia de donar sangre. En los últimos años, hay un mayor énfasis por parte de las instituciones sanitarias en movilizar a la población para donar médula ósea, de hecho, un dato que se publicó ayer mismo revelaba que España había alcanzado los 190.000 donantes de médula en el primer semestre de este año. Pero, sin duda, lo que no termino de ver claro es el término “donar” semen, porque la donación es altruista y quien dona semen recibe un importe monetario. Si das no te dan o, al menos, no esperas recibir. Por lo menos en el terreno al que estamos acostumbrados, con los donantes de sangre y de médula. Algunos hombres que aparecían en la noticia de espaldas a la cámara consideraban su acto como solidario con aquellos que no pueden tener hijos. Aquí no entro a valorar si es solidario o no, aquí lo que no cuadra es el término.

No me compares una donación altruista, con un negocio. La pregunta que cabe plantearse es: “¿Estos hombres donarían semen de manera altruista? Por lo menos si le van a llamar “donar” que sea con todas las de la ley, pero que no nos vendan lo que no es. Algunos me podrían rebatir: “Es que no es lo mismo donar sangre y médula que semen, donde hay vidas humanas de por medio cuando los espermatozoides se fecunden con óvulos”. Y les respondería: “También son vidas humanas las que salva tu sangre o tu médula”. A grandes rasgos, el que “dona” semen está en cierta medida creando vida, y el que dona sangre y médula lo que está es salvando otras vidas. Todo es vida.

Lo que está claro es que es un negocio y puede llegar a ser hasta un dolor de cabeza para algunos hombres. En España el anonimato está garantizado, pero en Reino Unido cada vez son más exigentes en la selección de los varones y no hay anonimato, de tal forma que los hijos que hayan nacido de cada “donación” de semen pueden incluso llegar a conocer quién es su padre biológico porque la ley británica permite que los niños concebidos con óvulo o esperma de una donación puedan rastrear a sus padres biológicos cuando cumplan 18 años, de la misma manera que lo hacen los niños adoptados. Este temor hace que los hombres se lo piensen dos veces antes de “donar” su semen, y no me extraña. Se dice que los niños no podrán llevar a cabo ninguna reclamación ni legal ni financiera, pero no se descarta que en un futuro la ley pueda conocer como heredero a quien legítimamente pueda demostrarlo. Quién sabe si reclamarán hasta el último euro, o libra en el caso británico. Lo cierto es que sigue sin cuadrarme que lo llamen donar.

Fuente. TVE

Rueda de prensa

Vuelta al trabajo y… ¡Notición! Mañana rueda de prensa en Granada y estoy en Sevilla. Estamos a miércoles. Todo rápido y veloz, sin digerir. No pasa nada. Un par de llamadas para intentar solucionar que me atiendan por teléfono los que van a participar en la rueda de prensa, obtener sus declaraciones y elaborar el artículo. Parece fácil pero se complica. “¿Te importa si te entrevisto ahora?” Nervios. Voz temblorosa. “La rueda es mañana -me recuerdan- y la estamos preparando, tenemos reuniones; imposible”. El problema es que el jueves cierra la edición del lunes y tiene que estar finiquito el artículo mañana justo después de la rueda, que estaba prevista para las 11 horas. Y como toda rueda de prensa, al final siempre es lo mismo: se lanza un bombazo, todos los medios al loro, todos quieren entrevistas a la vez y me veo, al final, que se olvidan de mí, porque no estaré allí, sino en la distancia. Y ponte a localizar a alguien en la distancia cuando hay 15 periodistas más, por decir un número, intentando dar voz al acontecimiento in situ. La ley de la selva más absoluta.

A veces lo que cuesta que salgan las cosas y lo que cuesta escribir un artículo. Encima que me adelanto y les pego un toque el miércoles, resulta que no me dejan hablar con ellos. Pero insistí: “Mi intención es sacar la noticia el lunes,o lo que es lo mismo, que no rompo el embargo”. Debí de agobiar al personal que me dijeron: “Lo vemos muy precipitado, preferimos dejar la entrevista para el lunes”. Presa del pánico pensé: “¿Pero qué parte no han entendido?. El artículo sale el lunes y se cierra el jueves, ¿cómo es posible que me diga que le entreviste el lunes si el lunes usted tiene que estar en el periódico, no en mi grabadora?”. No entendía nada. Y claro, sólo con pensar en llamar a la redacción y decir un día antes que se caía el artículo es ganas de que te canten las cuarenta porque das escasas 24 horas a tus compañeros para que busquen otro tema que ocupe esa página que tenía todas las papeletas de quedarse en blanco. Menos mal que lo que olía a fracaso se quedó en un susto.

En eso que se te viene a la cabeza cuando Homer Simpson estrangula a Bart. A más de uno le echaría una mano al cuello, pero decidí hacer unas llamadas a los mandos superiores y me quejé. “¿Cómo es posible que sus subordinados me digan de que les entreviste el lunes si lo necesito para mañana mismo?, ¿cómo se explica que todos los medios se vayan a hacer eco de la noticia mañana y que a mí me deriven al lunes? Ellos tampoco lo entendieron y se excusaron en la falta de experiencia de los subordinados con los periodistas y los nervios previos a la rueda. Lo que me faltaba por escuchar. Pero tardaron dos minutos en tirarles de las orejas y ya todo solucionado. Me iban a atender cuando yo quisiera, no cuando ellos quisieran, e iban a responder a todas mis preguntas. Al final todo solucionado. Una aventura más de la que me toca por vivir. El mismo jueves, horas después de la rueda de prensa, me atendieron amablemente y el artículo salió el lunes, como si no hubiera pasado nada. En el fondo, creo que no pasó nada.

Negar una realidad

Con la noticia de la muerte de los dos espeólogos españoles en Marruecos se observa a la perfección quiénes aceptan la muerte de un ser querido y quiénes, por el contrario, reclaman responsabilidades a los gobiernos españoles y marroquíes sobre lo sucedido. Toda persona que practica un deporte de riesgo sabe a lo que se enfrenta. Se juega su vida hasta el punto de que quizá no vuelve para contarlo. Asume un riesgo porque así lo quiere, porque le produce cierta satisfacción ese deporte, le genera adrenalina, etc., de lo contrario se quedaría en su casa. Un placer que se puede volver en su contra por una mala caída, un cambio climático o cualquier otra circunstancia. ¿Para qué se metieron en ese terreno? Cuando se arriesga ocurren estas cosas. Pero se arriesgaron con conocimiento de causa. Sabían dónde se metían, las dificultades que entrañaba y aun así siguieron adelante. Es decisión voluntaria, libre. Lo hicieron porque quisieron, pero ponen en peligro no sólo sus vidas, sino las de sus acompañantes y, cuando ocurre algún problema, las del equipo de rescate. Estos sí que se juegan sus vidas a diario, fruto de la imprudencia e irresponsabilidad de algunos. E incluso después de todo lo descrito algunos compañeros de los espeólogos siguen reclamando responsabilidades. “Tardaron mucho tiempo en acceder a la zona… si los hubieran rescatado antes seguirían con vida… no han hecho absolutamente nada por estos españolitos de a pie… el gobierno español y marroquí han matado a José Antonio”. Palabras duras donde las haya. Seguro que ni los propios espeólogos pensaron antes su expedición que los medios de rescate de las autoridades marroquíes eran obsoletos y precarios, si les pasara algo. Sin embargo, sí que llevaban pensando en este viaje desde hacía un año, para el que habían contratado un guía y pasado los últimos meses preparando una hoja de ruta totalmente detallada. Qué fácil es echar la culpa a los demás, qué difícil asumir la pérdida de un ser querido. Se murieron porque sus muertes estaban escritas y punto, no hay que buscar mayor explicación. Por lo menos se fueron practicando una de sus pasiones.

La fuerza de la insistencia

En julio de 2014, el médico especialista del Hospital Virgen del Rocío que atiende a Marcos y Jesús, dos niños sevillanos de 8 y 5 años con distrofia muscular de Duchenne, solicitó a la farmacia del Hospital el tratamiento comercializado en España para tratar dicha patología rara. Al no obtener ninguna respuesta, los padres insistieron y cinco meses después, en noviembre, recibieron la denegación por escrito de la Comisión de Farmacia y Terapéutica de los Hospitales Universitarios Virgen del Rocío-Virgen Macarena. En diciembre, José María y María Ángeles, con el apoyo de la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER), presentaron un escrito de alegaciones sin obtener ninguna respuesta. Tras varias quejas en los medios de comunicación, consiguieron que la Comisión se volviera a reunir para revaluar la situación el pasado 13 de febrero. Transcurridos diez días los padres no han recibido noticia alguna. Cuando parece que el fracaso llama a las puertas de esta familia, tras once días de reuniones de la Comisión por fin tienen respuesta: Le van a dar, de momento, el tratamiento al mayor, eso sí, no se sabe cuándo se le dispensará el fármaco.

En esta historia no puede salir todo redondo y perfecto desde el minuto uno. Ha habido meses de espera, sufrimiento, frustración, incomprensión, ignorancia… hasta que por fin han sido escuchados. La insistencia del médico y de los padres han sido claves en este proceso, aunque la espera haya sido de siete meses. Unos meses que no han pasado en balde ya que la enfermedad de estos niños no espera, sigue evolucionando. Lo que más ha influido, sin duda, ha sido la presión ejercida por parte de los medios de comunicación, que han puesto de manifiesto las quejas de los padres ante la tardanza de la burocracia. Y otra cuestión que tampoco pasa desapercibida ha sido la coincidencia en fechas con la celebración del VII Congreso Internacional de Medicamentos Huérfanos y Enfermedades Raras en Sevilla. Sea lo que fuere lo que ha motivado que la Comisión aceptara el tratamiento de estos niños, lo que queda claro es que la insistencia acaba dando su fruto y que el periodismo es un gran aliado de las causas sociales.

Reglas básicas de convivencia

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¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Estas reglas de convivencia son geniales, no sé quién es el listo que las habrá inventado. Creo que no hay que serlo demasiado para darse cuenta de que son de sentido común y muy simples. Cualquier niño las entiende y las hace suya en un momento, el problema lo tienen los adultos.

Vas por la calle y te encuentras a padres con algún hijo pequeño que te mira y te dice: “hola”. Está contentísimo de saludarte. Se podría decir hasta que es la primera palabra que pronuncian. Y tú también le saludas: “hola”. Y te ríes con los padres del atrevimiento de la criatura. ¿Pero saludar y despedirse es cuestión de atrevimiento? No lo creo. Es cuestión de educación, que brilla por su ausencia.

He vivido varios años en el norte y allí la gente saluda poco. Dicen que el frío les hace tener un temperamento más frío (valga la redundancia). Sea lo que fuere, las excusas que se las cuenten a otros. Yo saludaba. Si me respondían, bien; si no, pues fenomenal también. Por mi parte que no quede. Una vez, en un control de alcoholemia a las 02.00 de la mañana, me obligaron a soplar porque bajé la ventanilla del coche (en pleno invierno) y saludé a los policías. Como no se lleva eso de saludar y menos a esas horas de la mañana un fin de semana, se pensaban que iba bebida y que el alcohol me había soltado la lengua. Nada más lejos de la realidad. Resultado: cero alcohol en vena. Gracias y buenas noches.

Hoy en día se saluda sólo a la gente que te cae bien. ¿Si me caes gordo para qué te voy a saludar? Menuda falsedad, podrían hasta pensar. Como si me caes delgado. Por lo menos, un mínimo de educación. Que mal queda saludar a unos sí y a otros no, hacer acepción de personas en plan niños pequeños: “tú eres mi amigo y tú no”. Qué estupidez más grande. Algunas personas niegan el saludo, se ve que les cuesta mucho extender la mano, dar dos besos y dirigir la mirada al otro. Otras, cuando hay mucha gente reunida, dicen: “señores y señoras, hola a todos”, para no ir uno por uno ni interrumpir cuando se llega tarde. Olé por estos últimos. El mundo necesita personas como esas.

¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Está claro: el que llega es el que tiene que saludar y el que se va es el que tiene que despedirse. No al contrario. Si vas a saludar, no te dejes a ninguno atrás. Si vas a hacer un saludo generalizado, que sea generalizado. Lo mismo con las despedidas. Creo que no digo nada nuevo. Recuerdo lo mínimo, las normas básicas de convivencia y… de educación, disculpadme el apunte.

El poder de un libro

No todos los días hablas por teléfono con alguien que te comenta que se ha leído un libro y que gracias a él ha cambiado la forma de ver su propia enfermedad. Esta chica sufre de migrañas y según ella su enfermedad es fruto de sus paranoias mentales, de creerse que le va a doler la cabeza si viaja en avión, si toma chocolate o café, si bebe en exceso o creerse que le va a dejar de doler por la simple acción de bajar la persiana y mantenerse en un lugar a oscuras y sin ruido aparente. Me decía: “Me pongo límites a mí misma, voy con la idea preconcebida de que en esa situación concreta me va a doler y entonces me duele”.

Parece que el cerebro es demasiado listo, entiende más que nosotros mismos y va por delante incluso de lo que vamos a pensar. Debe notar el estrés que desprendemos ante determinadas situaciones a las que nos tenemos que enfrentar, en ocasiones con miedo, como la migraña. El libro vende la idea -me contaba esta chica- de que si te olvidas de tu migraña, ella se olvidará de ti. Como si de un eslogan se tratara, viene a decir que todo es psicológico y con no pensarlo no tiene por qué pasar nada. Así de fácil.

Un paralelismo con la sociedad actual. Lo mejor para que la vida no nos ahogue es no tener conciencia. Una vez me dijeron que si no quieres que algo se sepa ni lo pienses. Pues aquí pasa lo mismo. La migraña es una enfermedad, supone un problema para muchas personas. Solución: la migraña es una invención de la mente. Si no pensamos en ella, si nos olvidamos de que existe, viviremos mejor, en paz, y podremos hacer vida normal. ¿Pero realmente se afronta la enfermedad o se huye ella?

Un conjunto de palabras forman un libro, un conjunto de síntomas dan lugar a una enfermedad. Lo que está claro es que el poder de un libro no cura una enfermedad.

Suicidio asistido

Chica estadounidense, de 29 años, casada desde hace algo más de un año y enferma de cáncer terminal. Brittany Maynard es conocida por acogerse al suicidio asistido, que tendrá lugar más pronto que tarde. Ésta es su decisión. Totalmente respetable, pero no coincido con ella, no tanto por el debate sobre si quitarse la vida o mandar que te la quiten es acertado o no, sino porque esta chica que contrajo matrimonio hace poco tiempo realmente no se ha enterado de nada. Empecemos por la frase: “En la salud y en la enfermedad… hasta que la muerte nos separe”. Esto es amor. Amarse cuando haya una salud de hierro y cuando falte, en la vejez y en la juventud, cuando nos sintamos útiles y cuando ya no sirvamos para mucho.

Esta joven había previsto el suicidio asistido para mañana día 1 de noviembre, pero lo ha pospuesto porque, en sus propias palabras, “todavía me siento lo suficientemente bien, todavía tengo la suficiente alegría, todavía río y sonrío con mi familia y con mis amigos, así que creo que este no es el momento adecuado”. Al parecer, el momento adecuado será cuando ella no se siente tan bien, porque el amor, para ella, es un sentimiento que viene y que va. Como llegará un momento en el que no se sentirá bien ni físicamente ni psicológicamente; lo mismo puede que no llegue a reconocer a sus familiares; por no decir que sufrirá mucho dolor por el avance de la enfermedad, Brittany prefiere quitarse del medio, así ella no sufre y los que están a su alrededor tampoco. Porque ese “hasta que la muerte nos separe” es la muerte que Brittany decide cuándo se ha de producir, no la que le viene dada y que desconoce por completo cuándo tendrá lugar.

Su madre le había dicho que no le importaba cuidar de ella en el estado en el que se encontrara y el tiempo que viviera, pero se ve que la joven no quiere hacer pasar por eso a sus familiares ni a ella misma. Es más, creo que primero ha pensado en la vergüenza que sentirá ella al ver sus capacidades físicas y psíquicas mermadas, y después en el supuesto daño que su enfermedad causaría a los demás.

Permitidme esta reflexión. Cuando el ser humano se expone a cualquier tipo de sufrimiento, es tanto el miedo que le genera que se olvida de amar, porque sólo piensa en que no podrá sobrellevar lo que está viviendo, incluso a veces se pone en lo peor antes de que llegue. Brittany no se ama a sí mismo, sólo se quiere cuando tiene salud, pero no cuando tiene una enfermedad terminal fulminante. Se considera como una carga y ha perdido el sentido de todo. No es capaz de aceptar esa situación, ni dejarse amar por los demás porque ella es la que está en el derecho a decidir sobre su vida.

Qué fácil es decir: “me largo, ahí os quedáis”. Hasta qué punto tiene que estar desesperada esta mujer para dejar de amar y estar dispuesta a abandonar a su marido, familia y amigos. Qué difícil le tiene que resultar levantarse cada mañana para luchar, cueste lo que cueste, por los que más quiere. Pensé que la juventud era un tiempo para hacer locuras, para amar, para luchar y volver a empezar, para ser optimisma y nunca perder la ilusión pase lo que pase. Se ve que Brittany es una excepción.

Desayuno sin diamantes

Desayunar en los bares de los alrededores del Hospital Virgen del Rocío no es apto para escrupulosos. Más cutres no pueden ser, pero la gente sigue frecuentándolos. Tener hambre nos hace mucho daño. Primero, perdemos el norte: Da igual dónde estemos y qué hora sea, que cuando nos crujen las tripas hay que salir corriendo a la caza y captura del cafelito y el pan tostado que dice: “Cómeme!”. Segundo, nos ponemos ansiosos: Como seguimos el rastro del dulce aroma del café recién hecho y del pan chamuscado (lo que nos gusta una barbacoa, señores y señoras) nos da igual las pintas por fuera y por dentro que tenga el bar porque entramos en el primero que sea. Tercero, aguantamos lo que haga falta: Obviamente, el primer bar siempre estará lleno -porque todos hemos pensado lo mismo- y hay que esperar a abrirse un hueco en la barra con los codos o presionar con la mirada y arrimándose poquito a poco a los ocupantes de una de las mesas de desayuno.

Y yo que pensaba que los mejores bares son los que están repletos de gente… No, los que están a rebosar son los bares de los conformistas: “Aquí me quedo”. Y ahí me quedé. En cuestión de cinco minutos, cuando ya me había sentado en la mesa, el bar se quedó medio vacío como si de una bomba fétida se tratara. Al fin, el camarero me trajo la tostada. Lo que en un principio iba a ser una tostada de mantequilla y jamón de york, de repente, la mantequilla brillaba por su ausencia y me pregunté: “¿Dónde andará?”. Más cerca de lo que pensaba. El tarro de mantequilla estaba en la esquina de la mesa. Sí, sí, como lo estáis leyendo: el tarro de mantequilla. En esos momentos se vino a mi memoria el recuerdo entrañable de las mantequillas individuales. “¿Estará de broma, no?”, pensé. Pues no. Sólo había que mirar a un lado y al otro para comprobar que en cada mesa había un tarro y que todos se untaban mantequilla del mismo sitio y de la misma forma: abrían el tarro, cogían el cuchillo y vámonos que nos vamos, marchando una de mantequilla y york. Superado el susto, me dispuse a hacer lo mismo. Para mi sorpresa, cuando abrí el tarro, lo que vi no fue nada agradable. A saber cuánta gente antes que yo había pasado por la misma mesa. Preferí no pensar entonces en las personas que tienen por costumbre -o mejor dicho, por vicio- chupar el cuchillo. Cero higiénico esto del tarro.

Resulta que las virutas de los diferentes panes que habían sido untados antes que el mío estaban ahí, por no hablar de las virutas que ya habían echado raíces en el tarro desde hace días. Menudo detalle tuvieron conmigo los que utilizaron la mantequilla antes y dejaron ahí sus migas para el siguiente y el siguiente y… En fin, la educación también brillaba por su ausencia. Más que mantequilla parecía la acumulación de todas las migas de pan que se quedan en el fondo del tostador. Tenía dos opciones: o levantarme e irme, o coger el cuchillo y apartar a un lado todas las virutas, de tal forma que podía utilizar la mantequilla del fondo del tarro que estaba en perfecto estado. Fue lo que hice porque mi barriga seguía rugiendo y no podía esperar más a darle un bocado al pan tostado de mantequilla y jamón de york. Dicen que lo que no mata, engorda. Desde luego, fue el desayuno con menos glamour que he tenido nunca. Tener hambre nos hace mucho daño.

Hay vida más allá de las sociedades científicas

Se acerca el Día Mundial de… De lo que sea, da igual, porque siempre habrá alguna sociedad científica que tenga algo que decir sobre ese día, la prevalencia de la enfermedad, los síntomas, su diagnóstico y tratamiento. Qué bonito es el empaquetado del mensaje que hace que las palabras suenen bien y todo. Esas palabras prácticamente son las mismas de una año para otro, con la única diferencia de que salen de bocas diferentes, pero en el fondo sirven para alabar la labor de la sociedad científica en la lucha contra esa enfermedad y para el autobombo: Pero qué bien hacemos las cosas, cuánto estamos investigando y qué resultados más positivos estamos teniendo (que puede que estén inflados por ellos mismos, para quedar mejor de cara a la sociedad).

La realidad de la vida es que la gente no quiere ver, leer o escuchar siempre lo mismo. Cualquier enfermo que esté “celebrando” el Día Mundial de su enfermedad quiere resultados reales, tratamientos efectivos y comprobar que se está haciendo algo más que vender la moto. Y lo que más llama la atención es que los medios tengan a las sociedades científicas como si de la Biblia se tratara. Lo que digan las sociedades científicas no es Palabra de Dios. Puede que sean expertos en la materia, pero no los únicos. Siempre se les da oportunidad para dar su opinión, sin embargo, hay otros especialistas que quizá sean mejores que los que pertenecen a estas sociedades y no se les echa cuenta.

He llegado a ver, incluso, que dentro de la junta de gobierno de algunas de estas sociedades no hay ningún miembro que esté, por ejemplo, en Top Doctors (referente de los doctores de primer nivel en España). Entonces, ¿qué voz habría que darles? Más bien habría que acallarlas, porque no son referentes de nada. Hay vida más allá de las sociedades científicas. El reto, como medio de comunicación, no es publicar lo que ellos dicen, sino contrastar e incluso realizar una labor de investigación para ver qué otros médicos de España o de mi localidad en cuestión están con tratamientos e investigaciones punteras. Porque no todos los médicos que pertenezcan a una sociedad científica son los únicos que investigan sobre una enfermedad. Por lo tanto, lo que un paciente ansía es encontrar tratamientos efectivos y conocer por dónde están yendo los avances. Y esta información no la facilitan estas sociedades.

Carmen Cáceres Calle