Reglas básicas de convivencia

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¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Estas reglas de convivencia son geniales, no sé quién es el listo que las habrá inventado. Creo que no hay que serlo demasiado para darse cuenta de que son de sentido común y muy simples. Cualquier niño las entiende y las hace suya en un momento, el problema lo tienen los adultos.

Vas por la calle y te encuentras a padres con algún hijo pequeño que te mira y te dice: “hola”. Está contentísimo de saludarte. Se podría decir hasta que es la primera palabra que pronuncian. Y tú también le saludas: “hola”. Y te ríes con los padres del atrevimiento de la criatura. ¿Pero saludar y despedirse es cuestión de atrevimiento? No lo creo. Es cuestión de educación, que brilla por su ausencia.

He vivido varios años en el norte y allí la gente saluda poco. Dicen que el frío les hace tener un temperamento más frío (valga la redundancia). Sea lo que fuere, las excusas que se las cuenten a otros. Yo saludaba. Si me respondían, bien; si no, pues fenomenal también. Por mi parte que no quede. Una vez, en un control de alcoholemia a las 02.00 de la mañana, me obligaron a soplar porque bajé la ventanilla del coche (en pleno invierno) y saludé a los policías. Como no se lleva eso de saludar y menos a esas horas de la mañana un fin de semana, se pensaban que iba bebida y que el alcohol me había soltado la lengua. Nada más lejos de la realidad. Resultado: cero alcohol en vena. Gracias y buenas noches.

Hoy en día se saluda sólo a la gente que te cae bien. ¿Si me caes gordo para qué te voy a saludar? Menuda falsedad, podrían hasta pensar. Como si me caes delgado. Por lo menos, un mínimo de educación. Que mal queda saludar a unos sí y a otros no, hacer acepción de personas en plan niños pequeños: “tú eres mi amigo y tú no”. Qué estupidez más grande. Algunas personas niegan el saludo, se ve que les cuesta mucho extender la mano, dar dos besos y dirigir la mirada al otro. Otras, cuando hay mucha gente reunida, dicen: “señores y señoras, hola a todos”, para no ir uno por uno ni interrumpir cuando se llega tarde. Olé por estos últimos. El mundo necesita personas como esas.

¿Llegas? Saluda. ¿Te vas? Despídete. Está claro: el que llega es el que tiene que saludar y el que se va es el que tiene que despedirse. No al contrario. Si vas a saludar, no te dejes a ninguno atrás. Si vas a hacer un saludo generalizado, que sea generalizado. Lo mismo con las despedidas. Creo que no digo nada nuevo. Recuerdo lo mínimo, las normas básicas de convivencia y… de educación, disculpadme el apunte.

Desayuno sin diamantes

Desayunar en los bares de los alrededores del Hospital Virgen del Rocío no es apto para escrupulosos. Más cutres no pueden ser, pero la gente sigue frecuentándolos. Tener hambre nos hace mucho daño. Primero, perdemos el norte: Da igual dónde estemos y qué hora sea, que cuando nos crujen las tripas hay que salir corriendo a la caza y captura del cafelito y el pan tostado que dice: “Cómeme!”. Segundo, nos ponemos ansiosos: Como seguimos el rastro del dulce aroma del café recién hecho y del pan chamuscado (lo que nos gusta una barbacoa, señores y señoras) nos da igual las pintas por fuera y por dentro que tenga el bar porque entramos en el primero que sea. Tercero, aguantamos lo que haga falta: Obviamente, el primer bar siempre estará lleno -porque todos hemos pensado lo mismo- y hay que esperar a abrirse un hueco en la barra con los codos o presionar con la mirada y arrimándose poquito a poco a los ocupantes de una de las mesas de desayuno.

Y yo que pensaba que los mejores bares son los que están repletos de gente… No, los que están a rebosar son los bares de los conformistas: “Aquí me quedo”. Y ahí me quedé. En cuestión de cinco minutos, cuando ya me había sentado en la mesa, el bar se quedó medio vacío como si de una bomba fétida se tratara. Al fin, el camarero me trajo la tostada. Lo que en un principio iba a ser una tostada de mantequilla y jamón de york, de repente, la mantequilla brillaba por su ausencia y me pregunté: “¿Dónde andará?”. Más cerca de lo que pensaba. El tarro de mantequilla estaba en la esquina de la mesa. Sí, sí, como lo estáis leyendo: el tarro de mantequilla. En esos momentos se vino a mi memoria el recuerdo entrañable de las mantequillas individuales. “¿Estará de broma, no?”, pensé. Pues no. Sólo había que mirar a un lado y al otro para comprobar que en cada mesa había un tarro y que todos se untaban mantequilla del mismo sitio y de la misma forma: abrían el tarro, cogían el cuchillo y vámonos que nos vamos, marchando una de mantequilla y york. Superado el susto, me dispuse a hacer lo mismo. Para mi sorpresa, cuando abrí el tarro, lo que vi no fue nada agradable. A saber cuánta gente antes que yo había pasado por la misma mesa. Preferí no pensar entonces en las personas que tienen por costumbre -o mejor dicho, por vicio- chupar el cuchillo. Cero higiénico esto del tarro.

Resulta que las virutas de los diferentes panes que habían sido untados antes que el mío estaban ahí, por no hablar de las virutas que ya habían echado raíces en el tarro desde hace días. Menudo detalle tuvieron conmigo los que utilizaron la mantequilla antes y dejaron ahí sus migas para el siguiente y el siguiente y… En fin, la educación también brillaba por su ausencia. Más que mantequilla parecía la acumulación de todas las migas de pan que se quedan en el fondo del tostador. Tenía dos opciones: o levantarme e irme, o coger el cuchillo y apartar a un lado todas las virutas, de tal forma que podía utilizar la mantequilla del fondo del tarro que estaba en perfecto estado. Fue lo que hice porque mi barriga seguía rugiendo y no podía esperar más a darle un bocado al pan tostado de mantequilla y jamón de york. Dicen que lo que no mata, engorda. Desde luego, fue el desayuno con menos glamour que he tenido nunca. Tener hambre nos hace mucho daño.

No da igual

Hay personas que desde pequeños maman la religión en el colegio y luego son los más rebotados, que ni van a misa, ni se confiesan, conviven con sus parejas (por poner algunos ejemplos), y si pueden hacer las cosas mal, las harán. El otro día me encontré a alguien conocido que había estudiado en un colegio de orientación cristiana y siempre había sido pasota. Ese mismo día me di cuenta de que nada cae en saco roto y todo lo que parece perdido después no es para tanto, porque estaba irreconocible. A muchas personas quizá les rebota que les enseñes a rezar, que les digas lo que está bien y lo que está mal para que sean personas con criterio en la vida, que les insistas en la importancia de la fe y de llevar una vida cristiana coherente. Y más rebote se cogen cuando son cuestiones que escuchan desde fuera, porque en sus casas nadie les ha dicho nunca nada ni tiene pinta de que esa situación cambie. Dejan los colegios y parece que todo se va a pique, que lo que escucharon tantas veces no ha quedado grabado a fuego en su cerebro y en su corazón. Llegan a la universidad y el ambiente les come y les da miedo hasta decir que están bautizados y que han hecho la comunión y la confirmación. ¿Y la qué? (le preguntan algunos). Vamos, que de no ser porque está de moda la BBC (bodas, bautizos y comuniones), la mayoría pensaría que menudo chiste más malo. Hasta que un día les da por desempolvar de sus vidas aquello que se llamaba religión, que daba un sentido a sus vidas y empiezan a pensar que no está tan mal y que eso que escuchaban ahora les viene como anillo al dedo y les sirve para esas circunstancias concretas por las que atraviesa su vida en ese momento. Porque cuando somos adolescentes, todo nos salpica, pero no dejamos nunca de ser esponjas. Y cuando somos niños, a veces nos cansamos de lo de siempre, pero lo que no sabemos a esas alturas de la vida es que eso que nos repiten tanto es porque va a dar un sentido a nuestras vidas que difícilmente ninguna otra cosa podrá darlo. Porque la religión está ahí, a veces la vemos, otra no, a veces se esconde entre las tinieblas y a veces sale en nuestra defensa como un escudo protector. Pero siempre está. Y como tantas veces hemos escuchado: “Cuando seamos mayores, lo entenderemos”. Por eso, no da igual haber estudiado en un colegio de orientación cristiana que no; no haber escuchado nunca nada, que haberlo escuchado aunque sea de fondo. Porque la cantilena queda, el disco rayado suena.

Carmen Cáceres Calle