A la gente hay que quererla

Dicen que a la gente hay que quererla pero, ¿qué es querer a la gente? ¿Acaso es hacer daño a alguien? ¿Acaso es pisotearlo hasta más no poder? ¿Acaso es desearle lo peor? ¿Acaso es aprovecharse de él hasta el extremo? ¿Acaso es dejarle tirado? ¿Acaso es utilizarlo cual marioneta a tu antojo? Muchos responderíais que nada de lo descrito anteriormente es querer a una persona, pero hay gente que no sabe querer y quiere de esta forma, quizá hasta sin darse cuenta de ello.
Primero: Quien quiere a alguien de verdad no está dispuesto a hacerle daño nunca, es más, ni se le pasa por la cabeza. Quiere lo mejor para esa persona y procura dárselo cada día porque ve al otro como un regalo, como la mejor joya que ha podido encontrar y una vez que la encuentra, la cuida sin escatimar esfuerzos.
Segundo: Quien quiere a alguien de verdad no pisotea al otro ni es feliz poniéndole la zancadilla ni haciéndole sufrir. ¿Cómo vas a pisotear a la persona que se supone que es a la que más quieres en este mundo? Si fuera tu peor enemigo quizá entiendo que quieras librarte de él, hundirlo en la miseria o herirlo por los cuatro costados, aunque no lo comparto porque ya sea al que más quieres o ya sea tu enemigo, como encabeza el título de este post: a la gente hay que quererla.
Tercero: Querer es desear lo mejor para la otra persona, no lo peor. Quien quiere lo peor para ti o quien saca lo peor de ti no te quiere de verdad. Quiere amargarte la vida y hacerte daño y, créeme, la vida es demasiado larga y trae consigo ya bastante sufrimiento como para querer echar más leña al fuego. Por eso, quien te quiere así no te quiere y te está echando a perder lentamente.
Cuarto: Si de verdad te quiero no me aprovecho de ti para mi propio beneficio. Pongamos el ejemplo de una pareja de novios: no te meto mano aprovenchando que estás con dos copas de más, ni me enrollo, ni te llevo al huerto en 0,2 segundos. Tampoco eres un esclavo para mí o una marioneta a mi antojo: “Haz esto, haz lo otro, ven para acá, vete para allá, pon esto aquí, saca esto de allí”, etcétera. Una cosa es la frase de “dos tetas tirán más que dos carretas” y otra distinta es que tienes que hacer lo que yo diga, me obedeces y punto. El otro también es persona, tiene su dignidad y debe ser respetada.
Quinto: Si te quiero no te dejo tirado cual bolsa de basura en el contenedor. Si te quiero te lo demuestro, no te digo “vete a paseo y no vuelvas” o “si eso ya luego hablamos que ahora me voy con mis amigos”. Cuando alguien te quiere va contigo a todas partes (aunque no le guste porque lo hace por ti) y no puede vivir sin ti.
¿Queda claro lo que es querer a alguien de verdad? Aunque parezca que “ojos que no ven, corazón que no siente”, el corazón sí que siente y sabe cuándo un amor no es verdadero.

Carmen Cáceres Calle

Distancia

Que alguien me lo explique porque no lo entiendo. No entiendo a la gente que piensa que la distancia mata la relación entre dos personas. ¿Pero qué me estás contando? Es como si tú te tuvieras que ir a Londres por trabajo y yo te dijera: “pero… ¿qué va a pasar con tus padres?” ¿A que ni te lo planteas? De hecho, tu respuesta sería clara: “Que ahí están y ahí seguirán”. No dejan de ser padres, ni son menos padres por mucho que tengan a un hijo en la distancia o no lo puedan ver con la frecuencia con la que les gustaría; y viceversa, un hijo no deja de ser hijo por muy lejos que esté de sus padres, es más, todavía debería de cuidarlos más si cabe. Pues lo mismo con tu pareja. Ahí está y ahí seguirá. Ojo al dato: no todas las parejas son iguales, pero una pareja que va en serio (no de tonteo ni para pasar el rato), que tienen los dos las cosas claras y quieren un futuro juntos, pues creo que sobran las palabras para decir que, por mucha distancia que haya eso no va a impedir que ese amor siga su curso y siga creciendo cada día más porque el roce hace el cariño y cuando no se pueda rozar a alguien porque no la tienes al lado, ni abrazar, ni besar, pues no por eso hay menos cariño. Precisamente, saldrán a relucir otras manifestaciones de cariño que hasta ahora ni se te habían pasado por la cabeza, ya sea un correo electrónico, una carta de tu puño y letra, unas flores encargadas por teléfono, skype o videollamada. Por tanto, la pregunta de qué va a pasar, sobra. No va a pasar nada nuevo. Mi vida no cambia porque no tengo al lado a mi pareja. Se puede no tener al lado al otro y ser super fiel a él o a ella porque todo es cuestión de querer (voluntad). Si quieres a una persona, ni la mayor distancia terrena podrá separarte del otro, pero, lo más importante, es que tú no querrás separarte de esa persona.
Analicemos, por un momento, qué se le pasa por la cabeza al susodicho o susodicha que te coje por banda y te suelta esa pregunta. ¿Será que piensa que la distancia implica ponerse los cuernos el uno al otro? ¿O que al cambiar de ciudad o país se empieza una vida nueva desde cero y hay que hacer borrón y cuenta nueva? ¿O que es absurdo cambiarte de lugar por motivos de trabajo y seguir estando atado a la ciudad que dejas porque mantienes una relación con alguien? ¿O que no vas a disfrutar lo mismo allí estando soltero que ennoviado? Me atrevería a decir que he acertado en todas mis conjeturas, no obstante, esto no deja de ser una reflexión sobre el noviazgo en la distancia. Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero creo que es posible que un noviazgo sobreviva a kilómetros de distancia porque cuando dos personas se quieren todo lo demás sobra. Quien quiera entender que entienda.

Carmen Cáceres Calle

Flechazo

Me da la risa cuando mis amigas se enamoran. En este caso, fue él quién se enamoró ciegamente de ella (un flechazo a primera vista) hasta el punto de decírselo al día siguiente de que los presentaran. “Ana, me quedé prendado de ti desde el primer día. Me gustas mucho”. Claro, que la respuesta de Ana era de esperar. Ante tal sorpresa respondió borde y a la defensiva. “¿Qué?” (como diciendo: Así no, Pablo, así no) y le paró los pies del tirón. Pero Ana no se libraría tan fácilmente de Pablo porque a ella le hacía gracia, vamos, que le gustaba. Es más, empezó a odiar la reacción que tuvo con él. “¡Qué tonta he sido! No me lo esperaba y le he mandado a paseo, pero no quiero que se vaya”. Aquí jugó un papel importante el whatsapp. Pablo siguió interesándose por Ana y le escribía. Ana respondía. Y poco a poco fueron quedando para cenar y pasear o, simplemente, se llamaban por teléfono. Esto iba viento en popa hasta que, de repente, Pablo ya no respondía a los whatsapp. Y aquí empiezan las películas mentales de las mujeres, que somos bastante complicadas. “Le dejé bien claro desde el primer día que si iba en serio conmigo, me dijo que sí y yo, como una tonta, le creí y ahora pasa de mí”. Obviamente, no pasaba de ella, pero Ana lo veía así. Dejando a un lado esta historia, es gracioso observar cómo la mayoría de las mujeres experimentan lo mismo. Te escribe un chico y si te gusta, le haces caso, pero parece que cuando más caso le haces, más pasa él. Entonces, lo mejor es dejar que sea él el que mueva ficha. Cuando pasas de él, entonces intenta captar tu atención y como sabe que eres una mujer difícil de lograr, empezará a conquistarte. Ana seguía flipando con Pablo hasta que pasó de él, fue entonces cuando Pablo respondió al cabo de un par de días y Ana volvió a hacerle caso porque, en el fondo, le gustaba. Y a día de hoy siguen así: quedando y conociéndose un poco más antes de empezar el noviazgo. Quizá esta historia algún día tenga un final feliz pero, de momento, habrá que esperar…

Equivocarse

“No, mira, es que no me quiero equivocar otra vez”. Estas palabras las suelen repetir con frecuencia gente que ha puesto fin a su relación de noviazgo y no han acabado muy bien. Conozco varios casos y es normal. Uno se ilusiona mucho y luego todo se va a pique, otra piensa que es el hombre de su vida y estaba ciega. En fin, “el mundo de las relaciones” (sería un buen título para un libro). Quizá me animo a escribirlo en algún momento de mi vida o antes de ponerme a ello realizo el máster de matrimonio y familia de la Universidad de Navarra, que suena bastante bien). Analicemos las palabras del comienzo porque son para sacarle jugo. “No, mira”. De primeras, ya le estás diciendo a alguien que no, estás cerrado de antemano. Ese decir “no” no tiene por qué ser de palabra, pueden ser hechos. Por ejemplo, alguien me declara su amor y le lanzo esta frase, o alguien va detrás mía y actúo como esta frase, o lo que es lo mismo, paso de ti porque no me interesa porque “no me la quiero volver a pegar”, es decir, quiero estar muy seguro, si cabe, 100% seguro. Imposible, pero se puede vivir en una utopía. “¿Cangelis?” Puede que te entre por el cuerpo un cague gigante. Esa persona no te disgusta pero te cagas solo con dar ese paso porque “no me la quiero volver a pegar”. La vida tiene su punto de atrevimiento. Hay gente que nunca se lanza (timidez absoluta), otros que son demasiado lanzados pero no se comen un rosco, algunos tienen que ser pescados porque si por ellos fuera se mueren antes de declarar su amor a alguien. Para gustos los colores, pero es imposible asegurarte de que “no te la vas a volver a pegar”. Con lo cual, cuanto menos lo pienses, más feliz serás. Ahórrate dolores de cabeza. Por tanto, si es imposible saber si te vas a equivocar o no, al menos intenta no equivocarte. Es muy fácil, pero solo requiere una cosa: ojos en la cara o lo que diría mi madre: “verlas venir”. Es muy sencillo: abre los ojos, mira a tu alrededor y fíjate bien en quién te presta atención, quién pone interés, quién hace el pino puente para ponerse a tu lado, quién tiene detalles contigo, quién te llama la atención y te hace reír, quién está pendiente, quién te escucha o te da conversación, quién te sigue el rollo, quién se hace el encontronazo y un largo etcétera. Entonces, tienes más posibilidades de acertar porque todo ese conjunto de cosas que parecen chorradas simbolizan el “te quiero a ti y quiero que seas para mí”. No es una frase bonita, es “me lo estoy currando y te lo estoy demostrando”. No dejes que las malas experiencias de tu pasado impidan el desarrollo de tu futuro.

Tontear

Que me perdonen si no voy a la moda pero no entiendo a los tíos que tontean con las tías, ni viceversa. Eso ni es amor ni es nada que se le parezca, es echar un rato y ya está. Quizá por eso se le llama tonteo, por “hacer el tonto”. Se supone que es un rato y no toda la vida. “Se supone”. Pero… ¿de qué sirve tontear? Cuando se es adolescente y se tienen las hormonas alteradas puedo entender que el cuerpo te pida eso. Vamos a decir que es una excusa barata: “no soy yo, es mi cuerpo y no lo controlo”. Vale, falta de dominio de todo puberto. Pero cuando se es adulto y ya se tienen las hormonas estabilizadas, no hay excusas. Es simple y llanamente que tienes la necesidad de estar con todas y con ninguna porque, al final, en el fondo es eso, no estás con ninguna. Pensémoslo en seco: cómo un tío va a estar con una tía si tontea con las demás. La tía ya tiene que ser tonta de remate para salir con un chico así. Hay cosas que sigo sin entender y no entenderé nunca. Gente con edad de tener una familia, de hacer algo con su vida o de plantearse una relación seria sigue erre que erre cojeando de la misma pierna, estando con todas y estando sin nadie. Mejor solo que mal acompañado, pero de seguir así el futuro huele a soledad. Yo me dejaría de tonteos, va siendo hora, porque cuando uno experimenta el amor verdadero, ése no se cambia por nada.

Niños a su antojo

Parece que hacer niños es como fabricar cigarrillos, donuts o cualquier producto que se os pase por la cabeza, y no, no es tan fácil. Es más complicado de lo que piensan algunas mujeres caprichosas que quieren tener niños cuando se les antoja y, al final, resulta que ni antojo, ni niño, ni nada porque la naturaleza sigue su propio camino y lo antinatural acaba pasando factura.

No te quieres enterar, ye, ye, que ni una pildorita más, ye, ye, ye, ye. La historia es la de siempre. Chica de entre 20 y 30 años sale con los chicos que quiere a lo largo de su vida y me atrevería a asegurar que hace el amor con todos ellos. Cuando tiene oportunidad de quedarse embarazada no se queda porque no quiere niños y se sirve de la famosa píldora y del preservativo (todas las precauciones son pocas). Las razones por las que no los quiere las desconozco, supongo que no será por problemas económicos, sino porque los niños son un coñazo, una carga y están muy bien así, disfrutando del sexo a tope pero sin mayores consecuencias. Además, tengo el presentimiento de que nunca es el momento adecuado para que venga un niño: “No, ahora no” o como la típica frase que soltaría una feminista: “Yo tendré un niño cuando quiera, donde quiera y con quien quiera”.

Pero un día, de repente, a esta chica se le cruza un cable. Empieza a pensar que ya se va haciendo mayor (ahora está entre los 30 y 40 años), se siente sola y se le va a pasar el arroz. Habla con su novio, pareja o llámalo como quieras y, nada, se ponen manos a la obra porque “ahora quiero un niño y va a ser que sí o sí”. Se queda en estado pero resulta que a las dos semanas lo pierde. “Bueno, lo seguiremos intentando, son cosas que pasan”.

Claro, no hay que perder de vista que quieres un niño. Ahora sí quieres un hijo. Pasa el tiempo y otra vez en estado. Alegrón que te llevas, pero al cabo de los dos meses lo vuelves a perder. Y que no hay manera. ¿Será problema del novio? Esto se arregla fácil, alguna que otra discusión y lo mandas a freír espárragos con la excusa de que “ya no te quiero”.

Al cabo de dos meses aparece por la puerta un nuevo novio y otra vez a por el crío. Sigues intentándolo pero nada. Ya optas por ir al hospital a que te estudien y vean qué es lo que pasa. No hace falta ir al hospital para que te digan qué está pasando, te lo diré sin médicos y con algún que otro conocimiento en medicina: Te has metido un chute hormonal con las píldoras que tu organismo cuando has querido que responda, no puede hacerlo.

Tanta pildorita, tanta pildorita que mira por dónde, no hay forma ahora de dejarte embarazada. Cuando pudiste tener hijos no quisiste y ahora resulta que no puedes. Las cosas de la vida. Ya dije antes que lo antinatural acababa pasando factura, pero en ese momento no te querías enterar. Pero ahí no queda todo. Es tanta tu cabezonería y tu capricho en el niño, que si no puedes tenerlo de manera natural, pues a costa de lo sea porque “quiero un hijo”. ¿Qué queda? La fecundación in vitro.

La verdad es que no sé si funcionará o no. Te dejo en manos de los expertos.

Importancia de los conceptos

 

Hace poco menos de un mes acudí a la presentación de un nuevo medio de comunicación. El periodista del que había nacido la idea comenzó a narrar cómo había logrado poner en funcionamiento semejante aparataje en tiempos de crisis y una de sus frases se me quedó grabada: “No hubiera podido con todo esto si no llega a ser por mi pareja, que me ha apoyado en todo”. Falto poco para que le interrumpieran mis aplausos, pero me contuve. Me quedé perpleja por lo siguiente: que haya dicho pareja y no mujer.

A esta persona habría que darle un aplauso, un beso y lo que hiciera falta porque lo ha bordado. Son pocos los que captan la importancia de haber dicho pareja y no otra cosa. Ha dicho pareja porque es su situación sentimental: “Ésta es mi pareja”, es decir, no es su mujer, puesto que no se he casado con ella; pero tampoco su novia, porque no está saliendo con ella; sino que es su pareja porque convive con ella. La ha denominado tal cual es.

Qué importante es llamar a cada cosa por su nombre, sin embargo, la Real Academia Española -influenciada por los tiempos que corren- está tergiversando lo que es. Como decía Doña Carmen Castillo, profesora de Filosofía de la Universidad de Navarra, definiendo el término esencia, comentaba: “Es aquello que hace que una cosa sea lo que es”, o en otras palabras, lo que es, es; lo que no es, no es, por mucho que quieras que sea.

Dejando a un lado la filosofía, desde mi punto de vista, la RAE ya no es una fuente fiable en determinados conceptos, como el de matrimonio y noviazgo. Al primero, por ejemplo, le ha añadido hace relativamente poco tiempo el adjetivo homosexual, es decir, ahora habla de matrimonio homosexual, aunque hay que decir que sigue manteniendo la definición de matrimonio respetando la esencia del mismo: “Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales”. El vocablo matrimonio viene de “matrimonium”, palabra que en latín significa “madre”, lo que expresa la importancia de la maternidad y la procreación como fin supremo en esta unión, una procreación que no es posible en el caso de los matrimonios homosexuales.

El concepto de noviazgo no queda tan claro. Lo define como “condición o estado de novio”. Novio es “persona que acaba de casarse”, “persona que mantiene relaciones amorosas con fines matrimoniales” o “persona que mantiene una relación amorosa con otra sin intención de casarse y sin convivir con ella”. ¿Alguien se aclara? Entendiendo el noviazgo como la antesala del matrimonio, una relación que establecen un hombre y una mujer con el fin de desarrollar la estructura base para el matrimonio, la tercera definición no tiene sentido porque en el noviazgo sí hay intención de casarse -es una preparación para el matrimonio-, cosa distinta es que esos novios se den cuenta de que la persona con la que están no es para él o para ella y corten con la relación. Sin embargo, es correcto lo de “no convivir con ella”. La convivencia entre un hombre y una mujer es algo propio del matrimonio -cuando ambos se han unido mediante un contrato legal y solo entonces puede haber una unión sexual-, por eso tampoco se entienden las dos primeras definiciones, ya que un novio no es una persona que se acaba de casar (puesto que casarse ya implica ser marido y mujer), ni una persona que mantiene relaciones amorosas con fines matrimoniales. Uno de los fines matrimoniales es la procreación, por lo tanto, en el concepto mismo de novio no tendría cabida.

El diccionario es poco concreto en algunas cuestiones. ¿A qué llama relaciones amorosas? ¿Son sexuales o no? ¿Qué quiere decir con fines matrimoniales? Volviendo al término que falta por comentar, decir pareja es lo que mejor se entiende en este contexto para definir la relación que mantiene este hombre, aunque me sigue pareciendo poco acertado. Según la RAE, pareja es el “conjunto de dos personas, animales o cosas que tienen entre sí alguna correlación o semejanza, y especialmente el formado por hombre y mujer”. Actualmente, así se definen a las personas que conviven juntas sin casarse, por el nombre de “pareja de hecho”. Supongo que es lo que vino a decir este periodista, pero para acortarlo mencionó solo “pareja”.

Ya se ve que los conceptos son un auténtico caos si no se definen tal y como son, si no se acude a la etimología de cada palabra. Lo que es, es; lo que no es, no es. Intentar que un vocablo sea lo que no es, es absurdo.

Los músculos en la cabeza

Dicen que si no ejercitas tus músculos día a día estos se acaban atrofiando, y me atrevería a añadir, al igual que tu cabeza. Una de las frases que más le gusta repetir a mi padre cuando me habla de los hombres es: “Los músculos en la cabeza”. Y cuánta razón tiene. Muchas veces me pregunto: “¿De qué le servirán a algunas chicas tener a su lado un hombre que está cuadrado?, ¿qué les aporta (humanamente hablando)?, ¿qué sentido tiene invertir tiempo en desarrollar unos músculos espectaculares?, ¿para qué tanta figura? Como no sea para coger en brazos a su novia, difícilmente encuentro otra explicación.

Este tipo de hombres puede pensar que de esta forma marcan su atractivo físico más que otros. Entonces parece que así marcan la diferencia. Craso error. Si quieres diferenciarte, no lo hagas precisamente en ese terreno. Sería caer muy bajo porque con el paso de los años tu cuerpo perderá ese atractivo propio de tus años mozos y ya no serás diferente del resto de los mortales. Por eso, si le entraste por los ojos a tu novia, pareja o mujer empieza a preocuparte porque en cuanto se vaya ese atractivo siento decirte que “de poco me sirves” porque ni serás guapo, ni estarás como un tren ni nada de nada.

Además de para presumir de figura, tener músculos te permite cargar con muchas cosas: Con los niños en brazos, con los mandaos, con las cajas de las mudanzas… La verdad es que “me eres muy útil”. Una pena si tu pareja te ve de esta forma tan utilitarista y únicamente te quiere para que le quites pesos de encima. Aquí sí que empezaría a replantearme la vida. Si quieres que juegue contigo, mucho ánimo, pero yo soy tú y me sentiría tremendamente ofendido con estas dos actitudes que puede tomar tu acompañante y que, en el fondo, reflejan lo mismo: “me sirves o no me sirves” y parece que exclusivamente en función de eso actúo despachándote o aprovechándome de ti. ¡Ojo! y todo por el físico.

Pero de igual forma pueden pensar los hombres de las mujeres. Salir con una mujer de curvas extremadamente marcadas, con ropa super ajustada, luciendo escote y enseñando prácticamente todo. Mujer 10 en cuanto al físico, no sabemos en los demás aspectos, pero desde luego te llegas a sentir hasta orgulloso e incluso presumes de chica buena con el resto de amigos y compañeros de trabajo. ¿Y qué pasará cuando esa chica deje de estar tan buena?, ¿la usas y la tiras, no? Dado que solo buscabas un placer egoísta, como te lo ha dado y ya no hay más de dónde sacar pues “Good bye, nena”.

Si es que el físico solo da quebraderos de cabeza. Cuando éste se pone como lo primero y lo más importante en la vida y sobre todo en una relación, resulta casi imposible que ésta siga adelante porque, ante un mínimo cambio, todo acaba siendo un problema y convirtiéndose en un obstáculo. “Ya no me gustas, no me atraes. Good bye!”. Y más en la sociedad actual que ha perdido el norte con lo externo.

Si la gente supiera que la belleza está en el interior otro gallo cantaría. ¿Cómo si no se explican que las gordas tengan novios y que los delgados y en apariencia endebles salgan con chicas? Porque esas personas valen por lo que valen, por su interior. Tienen su atractivo en ellos mismos. “Te quiero por ser quien eres”, “no cambies, me gustas como eres”. Solo entonces sale a relucir el todo de una persona. Tu pareja te ve con unos ojos que nadie más los tiene y te verá como nadie lo hará nunca.

Escepticismo

Da pena la juventud de hoy día. Pena de aquellos que desperdician sus vidas y su futuro sin encontrar algún tipo de aliciente que les lleve a emprender grandes aventuras lejos del alcohol o el desenfreno; pero, sobre todo, pena de los que pudiendo aspirar más alto se muestran desconfiados.

Actualmente, me cruzo con personas de gran corazón y con unos mínimos planteamientos de futuro pero que están bajo el paraguas del escepticismo, en lo que a la vida sentimental se refiere. Y les diría: ¡No os desaniméis!, ¡no dejéis que esa ola os amargue la vida! Lo cierto es que a lo largo de la historia se han dado casos de personas que sufren por encontrar el amor de su vida. Sin ir más lejos y con un final trágico, Romeo y Julieta.

No quiero ser masoca pero ese sufrimiento tiene un cierto atractivo. Al nacer, nadie nos dijo lo complicado y difícil que iba a ser nuestra vida. Es más, vivíamos inmersos en nuestras fantasías e ilusiones. Los juegos nos distraían del mundo de los mayores, pero más tarde o más temprano íbamos a aterrizar en él. Ley de vida. Bien, ya hemos aterrizado -hemos dado el primer paso-, pero siento deciros que no basta con un paso. Esta prueba solo se supera con la muerte. ¿Y qué hacer hasta la muerte? Pues algo tan sencillo como ir dando pasitos. Con cada paso vamos realizando esa vida que a cada uno nos ha tocado vivir y de la que somos los únicos protagonistas. Al final será cuando nos pedirán cuentas pero, hasta entonces, a vivir de amor.

Puede sonar cursi pero el amor es aquello para lo que el hombre está creado. Es más, si intentáis llenaros de otras cosas -como el alcohol, las drogas, el sexo o el trabajo- comprobaréis que el amor es lo que verdaderamente os colma. ¿Dónde está entonces el atractivo de la vida dura? En que cada ser humano está aquí para alguien, está creado para amar a alguien. Es todo un reto, pero muchos lo ven con visión negativa ya que pocas personas merecen la pena. Se pueden contar con los dedos los chicos y las chicas con los que podemos congeniar, y no os digo nada cuando se trata de hablar el mismo lenguaje y de unir dos personalidades, como es el caso del noviazgo.

Hay gente ennoviada que se muestra cada vez más escéptica hacia su pareja. Hoy día, dudamos de que nos acabemos casando con la persona con la que actualmente estamos saliendo, sobre todo cuando hemos sufrido un palo previo después de meses o, generalmente, años de compromiso. Nos encariñamos con una persona y, con el paso del tiempo, cortamos. Lo que iba bien, de repente, se torna. Y eso, deja tal huella en nuestro corazón que, sin querer, acabamos viendo poco futuro por el cúmulo de malas experiencias.

¡Sí hay futuro y sí puede haberlo! La cuestión es no cerrarse al amor cuando nuestra vida ha pasado por un cactus que nos ha causado heridas, rajas e hinchazones. Vuelvo a lo que dije al principio: ¿Quién ha dicho que fuera fácil? Para encontrar a nuestra media naranja es preciso escalar montañas, atravesar muros y superar obstáculos, pero vale la pena. Hay que poner empeño en esta gran aventura, al estilo Indiana Jones. A veces, con la primera pareja no acertamos, ni con la segunda ni con la tercera… Pero no nos desesperemos. Lo peor es pensar: “No hay nadie para mí”. Venga, por favor, contadme otra.

Mira que hay personas en el mundo. ¿Y seguimos pensando que no hay nadie para nosotros? Abramos los ojos, salgamos a buscar, sumerjámonos en la locura del amor, investiguemos, husmeemos, probemos, intentémoslo… y no una vez, sino muchas. Y al final, vencerá el amor.

Suegros

Ese momento, más tarde o más temprano, siempre acaba llegando. Pobres hombres… que mal lo tienen que pasar algunos, sobre todo, los más tímidos. Los nervios previos al gran acontecimiento que reúne a toda la familia de la novia tienen que estar a flor de piel. En fin, no siempre es fácil conocer a tus futuros suegros.

Que se lo pregunten a ellos. Llega el día tan poco esperado. El novio coge su coche y va camino de la casa de su novia. Va, lo que se dice coloquialmente hablando, pisando huevos. Más lento que los límites de velocidad que le impone la Dirección General de Tráfico para circular por la ciudad. Y es que sufre un debate interior: Si fuera por él no llegaría nunca, pero el problema está en que le han puesto una hora de llegada y si se retrasa queda muy mal de cara a sus futuros suegros. Y la cosa no está como para cagarla el día cero, el de las primeras impresiones.

Mientras conduce decidido a ser puntual, aunque sea por una vez en su vida, está imaginándose la situación: ¿Qué pensarán sus padres de mí?, ¿me aceptarán como novio de su hija?, ¿les caeré bien?, ¿me ajustaré al perfil de novio que tenían ellos en la cabeza? Poco a poco le va entrando como una especie de cosquilleo que le pone aún más nervioso de lo que está y es que se va acercando a la casa de la novia.

Acaba de entrar en la calle y busca aparcamiento. Cuando lo encuentra se queda dentro del coche mientras le da un toque a su novia para que vaya a socorrerlo. Ella baja, le saluda e intercambian miradas. El tiempo parece haberse parado. Las sonrisas no disimulan la tensión de fondo. La hora ha llegado. Caminan hacia el portal del edificio dispuestos a llamar al portero electrónico para que les abran la puerta.

Ya están dentro del portal. Ahora llaman al ascensor, momento para coger aire y respirar profundo. ¡Qué nervios! Cuando salen del ascensor, pulsan el timbre y… Se abre la puerta. Recibe la suegra. Intercambio de besos y de saludos: “Hola, ¿qué pasa?” El novio piensa para sus adentros: “Vaya pregunta… ¿Qué va a pasar? Pues que estoy en casa de mis suegros y no me hace ninguna gracia. Lo estoy pasando fatal”. Normal.

Lo que tiene que hacer el novio por la novia, pero alguno tenía que romper el fuego en algún momento. Y si es él, mucho mejor que ella. Vamos, le da un toque de masculinidad. Bromas aparte, después de una breve visita turística por la casa de ella, todos se dirigen al salón. Una pocas preguntas del suegro, para ver por dónde van los tiros del novio y futuro marido de su hija, y un pequeño aperitivo-merienda.

Vale, ahora… ¿quién le explica a la suegra que el novio no come pero no porque esté despreciando sus maravillosas pastas y frutos secos, sino porque tiene el estómago cerrado a cal y canto? No pasa nada. Siempre han dicho que el hombre y la mujer se complementan. Pues no hay que preocuparse en absoluto porque para eso está la novia. Si él no come, ya lo hace ella. Total, si los nervios salen por un lado o por el contrario.

Perfecto. Se disimula más o menos. En fin, después de un breve diálogo con los suegros, que cada uno saque las conclusiones que pueda. Otra vez será.