Puntos de Twitter

No sé por qué razón pero acabo de pensar que el creador de Twitter no es Jack Dorsey, sino San Josemaría Escrivá. Algunos lo pueden ver como una noticia, como una paranoia o como una gilipollez, pero no creo que lo que acabo de desvelar sea nuevo. Es más, os animaría a seguir mi argumentación. Este santo español escribió varios libros, entre ellos los más conocidos son Camino, Surco y Forja. ¿Os suenan? Si no tenéis ni la más remota idea de lo que estoy hablando, buscadlo, porque Google os solucionará el problema. Estos libros están compuestos por puntos, llegando incluso al punto 999 de Camino. Se trata de textos cortos y frases breves llenas de contenido y de calidad. Contenido del bueno, señoras y señores. De esos que se echan de menos hoy en día, porque pocas personas hablan como él habló: alto, claro, profundo y con mucha razón. No tengo ningún afán de vender estos libros, ni de hacer promoción, ni de nada por el estilo. Hablo de frases como estas: “Acostúmbrate a decir que no”, “vuelve las espaldas al infame cuando susurra a tus oídos: ¿para qué complicarte la vida?”, “no dejes tu trabajo para mañana”, “no seas flojo, blando. Ya es hora de que rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo”, “al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea”.  ¿No os resultan familiares? Éste es el estilo de Twitter. Frases cortas, espacio limitado, lo que tengas que decir hazlo en 140 caracteres… Chema -como me gusta llamarle- era un crack. Allá por 1939 apareció su libro Camino y ya, desde entonces, parecía que se estaba incubando la red social Twitter, sin embargo, todavía no existía internet. De cualquier forma, ahí dejo esta reflexión. No todos los escritores han escrito libros por puntos que, de forma resumida, ayuden a la reflexión y aporten valor a sus lectores. Creo que San Josemaría se fue al Cielo sin saber que sus famosos puntos de Camino, Surco y Forja podrían haber sido puntos de Twitter.

San Viernes

San Viernes es un santo de origen español, alumbrado en pleno boom de las nuevas tecnologías (facebook, twitter y whatsapp) que, en breve, llegará al santoral católico español. De él tenemos muy poca información, pero lo poco que sabemos es que siempre fue muy querido por todos. No os podéis imaginar hasta qué punto despertaba devoción, incluso me atrevería a decir que ha traspasado nuestras fronteras. Si algo tenía es que era muy deseado. Acumulaba más menciones que cualquier otro santo y, actualmente, ha superado el Récord Guiness. Me quedo corta con todo lo que os pueda decir de San Viernes. Supongo que le conocéis, ¿no? Si no a él, al menos a los sinónimos que de él se desprenden: fiesta, noche, fin de semana, juerga, alcohol, sexo, etcétera. Ha sido una locura la revolución que ha producido en las redes sociales. Sus fieles seguidores hasta han publicado fotografías con su nombre. Sin duda, le han dado dos premios bien merecidos. Por un lado, haber logrado la perseverancia de la gente en unos tiempos donde lo estable y permanente casi van a desaparecer del diccionario; y, por otro lado, haber sido paciente ante la cantidad de solicitudes de amistad que recibía cada segundo, llegando a bloquear el sistema operativo del Cielo. De hecho, todavía siguen llegando algunos mensajes de agradecimiento: “Gracias San Viernes, por no haberte cambiado de nombre cuando tuviste la oportunidad en tu Confirmación”, “gracias a ti podemos soñar con una vida mejor”, “gracias a tu nombre, la semana se hace más corta”

Dejando a un lado la ironía, lo de los españoles no tiene nombre. El absurdo de vivir siempre pensando en el viernes o en el fin de semana nunca lo entenderé, sobre todo, lo de levantarse un lunes y pensar ya en que llegue el viernes o hacer cada semana la cuenta atrás hasta que, por fin, llega el día tan esperado. Parece que la gente solo es feliz cuando está de fiesta y no tiene que ir a trabajar. Pues menudo rollo pasarse toda la vida contando los días. Tiene que resultar agobiante. Lo cierto es que la gente solo piensa en eso. Está genial ilusionarse con hacer planes el fin de semana, montarse un viaje con los amigos, quedar para ir a una discoteca o soñar con dormir y dormir porque nuestro horario laboral es horrible; pero hay más días repletos de 24 horas a los que puedes sacarles más provecho que el de hacer excursiones mentales soñando en el fin de semana. Antes del viernes hay un lunes, un martes, un miércoles y un jueves. ¿Y sigues pensando en el viernes? Cuando uno es feliz, disfruta cada día como si fuera el último y procura llenarlo al 100%, por ejemplo, de aficiones, idiomas, amigos o familia. No solo se contenta con trabajar, por cumplir, esperando al fin de semana; sino que sabe que los años de su vida son para aprovecharlos.

Detractores

Son un tipo de personas que es lo peor que te puedes echar a la cara o a la espalda, más a la espalda que a la cara porque la cara no la dan y la espalda te la ponen calentita a críticas, difamaciones, murmuraciones y todo tipo de burlas que descalifican tu opinión. Lo mejor en esos casos es pasar. “Me la suda”, diría más de uno, hablando mal y pronto. ¿Pero las opiniones no son libres? ¿Entonces, cuál es el problema? Pero los detractores no se dan por vencidos. No tienen nada mejor que hacer en la vida que poner verde a gente que no piensa como ellos, mofándose y desternillándose. Me cuesta creer que pierdan tantas energías en esa chorrada. Luego hablan de respeto. Ahora la que me río soy yo por lo absurdo. A ver si me entero de una vez por todas de cómo funciona el mundo de los detractores. Parece que consiste en “respétame a mí pero yo a ti te doy por todos lados, ¿no?”. Y lo más gracioso es que las opiniones que son tan enormemente criticadas suelen partir siempre del respeto, no así la de los detractores. Os pondré el ejemplo de un caso que ha pasado en twitter. Sinceramente, jamás pensé que un comentario daría para tanto y que iba a ser tan criticado. A la derecha lo podéis ver.

En resumidas cuentas, lo que vengo a decir en este tuit es que la misma palabra matrimonio deriva de los vocablos latinos “matrix” y “munium”, que significan oficio de madre. Así pues, según su etimología, el matrimonio es una unión que tiene como primer objetivo “engendrar y educar a los hijos”, que es justamente lo que hacen las madres y eso no lo pueden hacer los gays. Con esto no estoy criticando ni a gays ni a lesbianas. Lo único que digo -que supongo que no es nuevo- es que ellos no pueden engendrar. Por tanto, “el matrimonio es lo que es”, sin embargo, el “matrimonio gay” no es lo que es, por mucho que una ley quiera que así sea. No es un matrimonio por lo explicado anteriormente y porque el matrimonio es la unión permanente de un hombre y una mujer para constituir una familia, una familia que no pueden constituir los gays y lesbianas porque de sus uniones sexuales (si se les puede llamar así) no salen niños.

En última instancia, lo de dar clases en Primaria es algo que me planteo visto el percal. Ojo, y tampoco estoy criticando a los niños de Educación Primaria por decir esto. Ellos son maravillosos y algunos más listos que cualquiera de nosotros. A lo que me refiero es que me gustaría ponerme en el pellejo de un profesor de lengua española de cualquier colegio en Primaria. Etimológicamente hablando es muy complicado explicar el matrimonio y el matrimonio gay. De hecho, pienso que surgirán dudas por los cuatro costados porque el matrimonio gay no es matrimonio (por mucho que me critiquen). Es más, añadir gay supone una contradicción brutal al término que lo acompaña y lo encabeza: matrimonio. Ah! Y ya puede decir misa el Tribunal Constitucional avalando esta ley, porque el hecho de que sea una ley no implica que sea correcta, a ver si nos enteramos, por más que digan que es constitucional. En este caso, si no se respeta la raíz de una palabra pues ya me contarás qué está defendiendo el TC. Lo indefendible, supongo. ¿Y por qué no llamarlo gaymonio? Total, así los gays hasta aparecerían en primera línea de batalla y no habría que batallar por los vocablos, aparte de que la RAE seguro que lo acepta porque, últimamente, acepta todo lo que le viene en gana, por ejemplo, friki. Y para el año que viene: tuit y sus semejantes.

En definitiva, no quería en ningún momento que algún gay y lesbiana se sienta aludido con este tuit. Lo que pretendía es que se llamaran a las cosas por su nombre. No busco tener la razón ni nada, solo haceros pensar. Es una opinión más, podéis estar o no de acuerdo, pero pienso que es respetable porque en ningún momento falto el respeto a nadie en ese tuit.

Para recortes los del periodismo

“¡Déjame espacio!” Ésta ha sido, es y seguirá siendo (Dios mediante) la frase más repetida por los periodistas de la edición en papel, si éste no acaba desapareciendo, claro. Sin duda, es la cruz a cuestas de la profesión. Un auténtico coñazo. Ya siento la expresión pero todos, en mayor o en menor medida, lo seguimos viviendo y, por eso, no tengo más que transmitiros mi rechazo ante la peor traba de la historia del periodismo: el espacio.

¿Que por qué? Porque el periodismo, desde mi punto de vista, no puede depender de los vaivenes del espacio. Si haces un reportaje, lo lógico es que salga publicado con la extensión con la que hayas puesto el punto y final, por el simple hecho de que no se puede recortar nada ya que todo es importante. Y me puedes preguntar: “¿Pero seguro que todo es importante?” Y me atrevería a responderte: “Pues sí, porque cuando un periodista remata un texto te aseguro que está más que reeleído y estudiada hasta la última coma”. Cada palabra y cada frase tiene un significado que se pierde si se eliminan del texto y, al final, éste se acaba quedando cojo. Lo mismo en el caso de una entrevista, una noticia o una crónica. No es escribir por escribir.

Ocurre algo parecido cuando en vez de decir: “¡Déjame espacio!”, ya sabes de antemano el espacio que tienes porque te han dicho, por ejemplo, “escribe unos 2.000 caracteres”. Esto es una crueldad para la profesión. “¿Cómo que escriba 2.000 caracteres?, ¿Me estás tomando el pelo?” Y le contestaría: “Escribiré para lo que dé: ni más ni menos”. Hombre,  menuda gracia limitar a priori el texto en cuestión. Al final estás tan constreñido a la hora de escribir que estás solo pensando: “No me puedo pasar”. Y hay que dejar que el pensamiento fluya como las aguas de un río y que el texto se exprese, que hable.

Lo peor que le puede pasar a un periodista -que mima cada uno de sus textos como si fuera lo más importante de su vida-, es escribir sin saber a ciencia cierta el espacio del que va a disponer en el papel y, aquí, los más corta rollos son la publicidad -que reclama grandes huecos o pequeños en función del anunciante- y las noticias de última hora -que tiene que salir sí o sí porque la actualidad prima-.

Vistas así las cosas, la verdad es que no me extrañaría nada que el papel acabara desapareciendo y que internet siguiera creciendo, entre otras razones porque la libertad que da la web no se encuentra en ningún sitio. Ese poder escribir infinitamente es una experiencia difícil de explicar, es un disfrute porque se experimenta uno de los mayores placeres para un periodista y es ver que el texto acaba cuando tiene que acabar, es decir, que no hay un cortapisas que ahogue las palabras y te haga recortar porque no queda otro remedio.

Sí hay remedio. Internet es el futuro y, de hecho, lo está siendo. Podrá parecer que ese escribir infinitamente significa aburrir al lector, pero no tiene por qué. Hay grandes historias en textos extensos que merecen la pena ser leídos. Son historias bonitas, están bien escritas y te enganchan desde la primera palabra hasta la última. Y eso también es periodismo, periodismo online pero periodismo.

Por otra parte, me parece un error garrafal que muchos medios escritos están apostando por diferenciarse del resto optando por la profundización y el análisis cuando van a seguir dejando un espacio mínimo. Es absurdo. Para profundizar hace falta espacio porque es necesario poner los temas en contexto, mostrar distintos pareceres y un largo etcétera. Si da para dos páginas de periódico, pues genial. Si da para menos, genial también. Para explicar las cosas hacen falta palabras y las palabras a su vez necesitan espacio.

Soy partidaria de que cuando el periodismo es de calidad no tiene de nada de lo que preocuparse. Si no hay espacio en el papel se buscará en la web porque lo fundamental es y será siempre el periodismo y merece la pena respetarlo.

Vivir al otro

Me decía una amiga que a su vez le decía una amiga que “la amistad no es solo estar al tanto del otro (que es lo que te permite el whatsapp), sino en la medida en que puedes ‘vivir’ al otro”. Pues estoy totalmente de acuerdo con la amiga de mi amiga y eso que soy una fan de las redes sociales y de los nuevos modos de comunicación actuales, siempre y cuando no se abuse hasta tal extremo de que te conozcan más en internet que en persona. De hecho, pienso que si tenemos carne y hueso es por algo, de lo contrario, el Ser que nos inventó podría haberlo hecho dentro del mundo online. ¿Os imagináis? Seríamos como un virus en una pantalla de ordenador. ¡Qué agobio!

Volviendo al tema, si tenéis la oportunidad de ver, quedar, pasar un rato, compartir vivencias con a una persona, hacedlo en su totalidad, es decir, no os quedéis a mitad de camino por culpa de las redes sociales, que hoy en día son unas (facebook, twitter, whatsapp, linkedin, tuenti) y mañana serán otras. Utilizarlas en sustitución de las relaciones interpersonales es lo menos aconsejable y, de hecho, hay algunas personas que se quedan solo en la vertiente online y no en la presencial. Sigo pensando que cuando se repite tanto la frase de “en el centro está la virtud” es por algo. Vamos, para que me entendáis: Ni mucho ni tan poco.

Las redes sociales ayudan a saber del paradero de nuestros amigos pero, sin duda, el cara a cara aporta realidad a ese paradero: poder observaros con los ojos, escucharos con los oídos, palparos con las manos e incluso apreciar el perfume característico de cada uno de vosotros. Algo que tiene más significado y valor que un conjunto de fotografías colgadas en facebook, unas palabras por whatsapp, una última hora en twitter, etcétera. El valor total de cada persona.

Cumpleaños

“Hoy es tu cumpleaños, que seas muy feliz, hoy hemos preparado una fiesta para ti”. Así dice una de las innumerables canciones de cumpleaños que existen en el mundo. Un día muy especial lleno de alegría, entusiasmo, energías y juventud. Ya seas joven o viejo, las velas te acompañarán siempre, aunque en algún momento las tengan que soplar por ti o te echen un cable -en el caso de que seas un niño pequeño o un abuelo sin suficiente aire en los pulmones-. Las velas nunca pasarán de moda pero el pastel sobre el que se posan sí, porque a mayor edad, la salud se hace más presente, entonces pasamos de la típica tarta de chocolate a una sin azúcar (si eres diabético) o con leche de soja (si eres intolerante a la lactosa). No te preocupes que siempre tendrás pastel.

Cada año hay un día reservado para ti, ¿lo sabías? Todo gira a tu alrededor, eres el centro de atención. La familia y los amigos te acogen cada uno a su manera: los primeros, con una gran comida y unos cuantos regalos; y los segundos, con una gran fiesta. En tu cumpleaños, todo el mundo se alegra de que existas. Durante el resto del año puedes estar peleado, enfadado o incluso puedes tener algunos enemigos… pero ese día pasan a un segundo plano para que reine, lo que se suele llamar: “hacerte feliz”.

¿Pero sabes que tienes derecho a ser feliz no solo una vez al año sino los 365 días, incluido el de tu cumpleaños? De hecho, lo de una vez al año puede resultar un engaño si te rodea gente con la que no has hablado en tu vida y, de repente, por un día actúan como tu amigo o amiga del alma y te siguen el rollo al estilo buzz lightyear: “Hasta el infinito y más allá”. Por eso hablo de los 364 días, porque son los días en los que te puedes dar cuenta de quién te quiere de verdad y de quiénes son tus verdaderos amigos. ¿Todo un reto, eh?

Pues para darte algunas pistas es importante saber quién gasta dinero en ti. Ya sabemos que -por tradición- el celebrante es el que invita, pero no me refiero a este tipo de gasto sino más bien al que realiza cualquier persona al que le importas. Una llamada por teléfono, un mensaje al móvil o una visita. Para qué detenernos en las redes sociales… Éstas sí que son una farsa porque escribir en el muro lo puede hacer cualquiera que vea que hoy es tu cumpleaños. Facebook o Tuenti funcionan como una base de memoria, avisan al resto de que existes, sin más, para que no se les pase.

¿Pero quién gasta 15 céntimos en un sms o un poco más en una llamada o en unos kilómetros hasta tu casa? Pocos. Se pueden contar con los dedos de las manos. Y la ilusión que te van a hacer esos pequeños detalles… ¿quién la tiene en cuenta? Todo el mundo acaba pensando que como luego te verán en la fiesta, qué más da. Pues no, no da igual. Y si pensáis que todo da igual es porque no os habéis enterado de nada. Lo que escribí antes: ¿Sabes que toda persona tiene derecho a ser feliz los 365 días del año? Algún día será tu cumpleaños y te pararás a recordar esta pregunta a la que un día no quisiste responder. Pues si no sois capaces de hacer esto el día del cumpleaños de alguien cercano a ti, ya sea un familiar o un amigo, ¿qué harás entonces el resto del año? Nada. ¿Te gustaría que hicieran lo mismo contigo el día de tu cumpleaños o los 364 días restantes? Deseo y espero que no.