Michelle marca tendencias

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Michelle Obama es el foco de atención de americanos y del resto del mundo, algo que no pasa en otros países. La primera dama estadounidense tiene un papel fundamental en la política, hasta el punto de que no pasa inadvertida en su vestuario, que causa furor entre muchas mujeres que quieren imitarla al precio que sea. El último ha sido un vestido de color amarillo anaranjado de 2.000 dólares que lució anoche mientras su marido pronunciaba su último discurso sobre el Estado de la Unión. Las palabras de Barack Obama las debieron escuchar sus más fieles seguidores, ya que los ojos estaban puestos en su mujer, cuyo atuendo se agotó en las tiendas on-line incluso antes de que terminase de hablar el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, que se dice pronto.

Hay que ver cómo influyen los famosos en la vida de las personas. Algunos adolescentes pueden verse reflejados en un futbolista, otras tienen por ídolo a un cantante, a modelos televisivos u otras artistas. Si supieran los famosos qué responsabilidad tienen de cara a la sociedad, donde muchos no descansan hasta que consiguen ser como ellos…

Primero, colocan en el punto de mira un aspecto concreto a imitar de la vida de sus referentes, siendo el aspecto corporal lo que más seguidores arrastra: desde un peinado hasta una forma de vestir. Después, van a por ello con todas sus fuerzas e incluso muchos asumen la personalidad de la persona en cuestión, dejando de ser ellos mismos. Cuántas veces de paseo por la calle hemos visto a un grupo de niños jugar al fútbol y cada vez que marcan un gol entonan el famoso grito (Siiii) que Cristiano Ronaldo pronunció tras ganar el Balón de Oro.

Si estos jóvenes fueran un poco más allá se darían cuenta de que los deportistas son modelos a imitar no por lo físico, que es lo de menos, sino por lo que significa la práctica deportiva: disciplina, constancia, esfuerzo, competitividad, entrenamiento, superación, vida sana, sociabilidad, etc.

Volviendo a Michelle Obama, más allá de convertirse en un icono del estilo, fue una destacada estudiante, tuvo una exitosa carrera como abogada, siempre trata de estar con sus hijas a pesar de sus muchos compromisos y, a través de los años, se ha mostrado cercana a la gente con una faceta muy relajada y divertida. Aspectos de su vida perfectamente imitables, más allá de un sensacional vestuario.

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Ginecólogo

El día de mañana quiero un ginecólogo que proteja la vida de quien llevo dentro; que no me reciba en su consulta para decirme solo aspectos negativos de haberme quedado embarazada; que no vea mi embarazo como un peso que hay que quitar del medio cuanto antes, porque él lo ve desde fuera pero yo lo vivo desde dentro; que no me aconseje el aborto como la salida más fácil si el feto viene con problemas; que tenga la suficiente profesionalidad para decirme qué problema real tiene el feto -si es que viene con alguno- y no diga de primeras que es un Síndrome de Down o que padece una malformación congénita; que no me meta más miedo en el cuerpo del que ya tengo; que sea tan médico como humano; pero, sobre todo, que me apoye a lo largo de esos nueve meses como lo haría mi marido.
Saber que en las manos de los ginecólogos están las vidas de la sociedad del futuro es esperanzador y a la vez alarmante porque algunos de ellos no se merecen ni siquiera tener ese título profesional. La vida no es un negocio y mucho menos un negocio de la muerte.
Cada vez más mujeres buscan una segunda opinión médica porque el primer ginecólogo que visitan les muestra un panorama tan desolador que verdaderamente es para echarse a llorar, plantearse grandes atrocidades –como el aborto- o para caer en una profunda depresión. El segundo ginecólogo, ya de confianza y aconsejado por una amiga que también es madre de familia, es el gran salvador de esta sociedad. Gracias a él la madre decide seguir adelante con el embarazo, bien porque el otro ginecólogo estaba en el error (no sabemos si con conocimiento de causa o sin él), porque al final resulta que el niño está perfectamente formado o porque, aunque el niño venga con problemas, es tal el apoyo psicológico y el cariño que esa madre recibe que se podría decir que es lo que le empuja y anima a no desentenderse de esa vida humana que es su propio hijo.
La realidad de la vida es que hay historias para no dormir de mujeres embarazadas que visitan al ginecólogo. En función de quién te atienda y según sus intereses personales, profesionales y económicos, así como de sus convicciones personales -todo hay que decirlo-, llevas las de ganar o las de perder, como si de un juego se tratara. Sin embargo, la vida humana tiene poco de juego. Hay ginecólogos que juegan con la vida de los demás, pero hay otros que se toman en serio tu caso en concreto, le importas y hacen todo lo que esté de su mano por sacar adelante la vida del concebido y la de la madre -si es un embarazo de riesgo-, porque bien saben ellos que toda vida merece la pena de ser vivida.

Carmen Cáceres Calle

Doctrina Parot

En Estrasburgo se aburren y no solo se aburren, sino que están ciegos. Están incapacitados para ver una realidad muy concreta, la del terrorismo español. Como ninguno de estos jueces ha vivido el asesinato de alguien cercano, pues todo les da igual. Suele pasar. Como conmigo no va, pues me quito del medio. Aquí en vez de quitarse del medio se han dedicado a joder y a acaparar todas las portadas de los periódicos gracias a su brillante idea de dejar en la calle a la terrorista Inés del Río -por citar una, porque a este paso todos los terroristas van a quedar libres-. Y luego dicen que se estudiará caso por caso. Eso no se lo cree ni Dios. Estaba más que negociado gracias a otro héroe de España, Zapatero. No me vendas la moto, hombre, que ya soy bastante mayorcita como para chuparme el dedo.

El mundo al revés. ¿Y a esto le llaman justicia? Por esta regla de tres te entran ganas hasta de tomarte la justicia por tu mano, porque seguro que Estrasburgo te saca de la cárcel rápido y veloz. Precisamente, más rápida no puedo ser la justicia española para acatar las órdenes de Estrasburgo sin más miramientos. O sea, a ver si me entero, que si este tribunal nos dice que nos tiremos todos por un puente, no queda más cojones que irnos todos a pique, ¿no? Si Estrasburgo no entiende de ética, ni de justicia, ni de nada -porque están hechos unos tontos disfrazados preparados para la foto- creo que alguien del Gobierno de España o incluso el Rey tendría que hacer algo, ¿no? O en este asunto les faltan los huevos a los políticos o el sentido común, porque no se entiende por qué hay que obedecer ciegamente a Estrasburgo y por qué estamos atados de manos en algo que, a mi modo de ver, nos compete a los españoles y a nuestro Gobierno; primero, porque son terroristas de nuestro país y, segundo, porque han atentado en España y contra ciudadanos españoles.

La justicia es lenta para lo que quiere. Si es para sacar a una etarra de la cárcel tardan menos de 24 horas, aunque al restos de ciudadanos nos toque esperar largas colas en los juzgados.  Se ve que algunos tienen más privilegios que nosotros, es más me atrevería a decir que el día de mañana en el mundo vivirán los terroristas y en las cárceles los demás ciudadanos ya que será el único sitio donde podamos estar protegidos. Una pena pero estamos construyendo un mundo donde en un futuro no muy lejano no se podrá vivir. Y lo más llamativo es que todo es relativo. Da igual si matas a uno, a veintitrés o a cien personas y si tu condena en la cárcel es de 50, de 200 o de 3.000 años. No pasa nada, palmadita en la espalda, libertad absoluta, sigue matando si quieres porque seguro que eres reincidente y un pin para los demás. Qué mundo más justo, qué España más justa. Así da gusto, señoras y señores.

Carmen Cáceres Calle

Cáncer

Cuando de hoy para mañana te detectan un cáncer de cólon, la película de tu vida pasa por tu mente a la velocidad del rayo. Te pueden quedar días, meses o quién sabe si llegas al año, pero ves el final de tu vida más cerca que nunca. Y pensar que tu vida se está apagando y agotando como una vela…
Creo que eso es lo más duro de vivir, que todo se acaba. Para los que tenemos fe no se acaba, continúa, aunque de otra forma totalmente diferente. Por mucha fe que uno tenga, la vida en la tierra se termina, en el fondo y en la superficie se pone un punto y final a la multitud de folios que narraron tu vida. Se acaba tu familia (padres, hermanos, hijos, marido), tus amigos, tus compañeros de trabajo, tus conocidos, tus vecinos, tu ciudad. Todo. Y da pena porque bien vale una vida para ser vivida en todo su esplendor y en todas sus facetas. Cuando has aprovechado todos los días de una maravillosa vida que una vez te fue regalada, la verdad es que da pena que se acabe. Quizá quien malvive su vida estará encantado de quitarse del medio cuanto antes (porque para ellos la vida es una mierda), pero para aquellos que conocen el arte de vivir, la vida es una gozada. Tienen razón los que piensan que la vida es dura, pero no es solo eso. La vida es mucho más, fundamentalmente es amor. Dicen que el amor es el mejor remedio ante cualquier enfermedad. Hace poco leí un estudio científico que revelaba que las personas con cáncer viven más tiempo si están casados. El amor conyugal te da aliento, te anima a vivir, te transmite la alegría de vivir incluso cuando estás enfermo. Hoy en día son pocos los que saben vivir, los que han aprendido de verdad lo que es la vida. Solo hay que ver a los jóvenes (que viven para el desenfreno), a los adultos (que viven para el trabajo, el dinero y los placeres de la vida), y a los ancianos (que viven en las residencias porque nadie quiere hacerse cargo de ellos). Eso sí que no es vida, es malvivir. Vivir es mantener la existencia, la vida.
Cuando uno está en sus últimos momentos no tiene que entristecerse porque la vida se le acaba, sino que tiene que intentar prolongar ese estado de felicidad que procede de querer sacar el máximo partido a los días que le queden con vida. Y qué hacer cuándo no sabes cuánto tiempo te queda? Aprovecharlo al máximo. Si de mí se tratara (no me pongo como ejemplo de nada) intentaría hacer felices a los que me rodean.
Es muy común que cuando alguien tiene a un familiar enfermo, se le apague el ánimo, se ponga triste y no salga de su desánimo y desesperación, pero si algo hay que hacer es levantar el ánimo y querer que esos últimos días del enfermo sean los que más y mejor recuerde del amor, atenciones y cariño que recibió. No me gustaría estar el resto de mis días (cuando me llegue la hora) consolando y secando las lágrimas de los míos. “Solo se vive una vez”, dice una canción de las Azúcar Moreno. Por algo será que nos lo recuerden hasta en las canciones, porque a veces con el ajetreo de la vida se nos olvida aprovecharla y solo nos enteramos cuando nos damos de bruces contra el médico: tienes un cáncer de cólon. Mucho ánimo para un conocido mío al que le dedico este post.

Carmen Cáceres Calle

Toc, toc, ¿puedo pasar?

El Santo Padre Francisco es alucinante. Cada día impresiona más su humildad puesta por obra. Durante su primer viaje internacional a Brasil con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, en su primer discurso nada más aterrizar en Río de Janeiro dijo: Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes”. ¿Cómo la cabeza de la Iglesia puede pedir permiso para entrar en un país, sobre todo en una nación que no tiene ningún tipo de conflicto con la Santa Sede ni ve inconveniente alguno en la visita de Su Santidad? Es que no se puede derrochar más ternura y bondad. No es de extrañar que se meta rápido en el bolsillo a católicos y no católicos. Y acto seguido añadió: “No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo”. Es decir, soy pobre pero tengo una riqueza y es la persona de Jesucristo. No sé a vosotros pero a mí esta frase me recordó a una ranchera de Luis Miguel titulada ‘El Rey’ que dice: “no tengo trono ni reina ni nadie quien me comprenda pero sigo siendo El Rey”. Sin duda, dos frases que suenan parecido pero cuyo contenido es radicalmente distinto. Francisco no la remata poniendo la puntilla de “sigo siendo el Rey”, sino que dice “traigo al Rey”. Es más, cuando se refiere a “lo más valioso que se me ha dado” nos podemos preguntar: ¿Pero quién le ha hecho ese regalo? Supongo que se refiere a sus padres, porque más tarde hace alusión a una expresión común de los padres brasileños: “Los hijos son la pupila de nuestros ojos”. Verdaderamente, son los padres los que transmiten la fe a sus hijos. Una vez más la humildad de Francisco lleva la voz cantante, como en esta otra frase donde manifiesta que él no es nadie: “Vengo en su nombre (…) a ofrecer a todos las riquezas inagotables de su amor”. Si seguimos desgranando su discurso, vemos que el motivo de su viaje son los jóvenes: “He venido a encontrarme con los jóvenes”. Un momento, ¿solo con los jóvenes? ¿Pero qué egoísta es el Papa, no? ¿Por qué hace distinciones? Nunca más lejos de realidad. Las palabras del Papa recorren todos los rincones del mundo en diversos idiomas y también llegan a ti. ¿Por qué es tan necesario ese encuentro cada dos o tres años con los jóvenes? Por la sencilla razón de que dirigiéndome a los jóvenes, hablo también a sus familias, sus comunidades eclesiales y nacionales de origen, a las sociedades en las que viven, a los hombres y mujeres de los que depende en gran medida el futuro de estas nuevas generaciones”. Y continúa explicando el Papa: “La juventud es el ventanal por el que entra el futuro en el mundo”. Si queremos cambiar el mundo empecemos por las nuevas generaciones porque los jóvenes de hoy serán los mayores del mañana. Los retos en estos momentos son inmensos ante una sociedad y un mundo falto de esperanza, sin embargo, esa esperanza precisamente viene de la mano del Papa Francisco, que trae consigo a Jesucristo, y alarga los brazos a todos (como el Cristo del Corcovado). BemVindo Santo Padre.

Carmen Cáceres Calle

A la gente hay que quererla

Dicen que a la gente hay que quererla pero, ¿qué es querer a la gente? ¿Acaso es hacer daño a alguien? ¿Acaso es pisotearlo hasta más no poder? ¿Acaso es desearle lo peor? ¿Acaso es aprovecharse de él hasta el extremo? ¿Acaso es dejarle tirado? ¿Acaso es utilizarlo cual marioneta a tu antojo? Muchos responderíais que nada de lo descrito anteriormente es querer a una persona, pero hay gente que no sabe querer y quiere de esta forma, quizá hasta sin darse cuenta de ello.
Primero: Quien quiere a alguien de verdad no está dispuesto a hacerle daño nunca, es más, ni se le pasa por la cabeza. Quiere lo mejor para esa persona y procura dárselo cada día porque ve al otro como un regalo, como la mejor joya que ha podido encontrar y una vez que la encuentra, la cuida sin escatimar esfuerzos.
Segundo: Quien quiere a alguien de verdad no pisotea al otro ni es feliz poniéndole la zancadilla ni haciéndole sufrir. ¿Cómo vas a pisotear a la persona que se supone que es a la que más quieres en este mundo? Si fuera tu peor enemigo quizá entiendo que quieras librarte de él, hundirlo en la miseria o herirlo por los cuatro costados, aunque no lo comparto porque ya sea al que más quieres o ya sea tu enemigo, como encabeza el título de este post: a la gente hay que quererla.
Tercero: Querer es desear lo mejor para la otra persona, no lo peor. Quien quiere lo peor para ti o quien saca lo peor de ti no te quiere de verdad. Quiere amargarte la vida y hacerte daño y, créeme, la vida es demasiado larga y trae consigo ya bastante sufrimiento como para querer echar más leña al fuego. Por eso, quien te quiere así no te quiere y te está echando a perder lentamente.
Cuarto: Si de verdad te quiero no me aprovecho de ti para mi propio beneficio. Pongamos el ejemplo de una pareja de novios: no te meto mano aprovenchando que estás con dos copas de más, ni me enrollo, ni te llevo al huerto en 0,2 segundos. Tampoco eres un esclavo para mí o una marioneta a mi antojo: “Haz esto, haz lo otro, ven para acá, vete para allá, pon esto aquí, saca esto de allí”, etcétera. Una cosa es la frase de “dos tetas tirán más que dos carretas” y otra distinta es que tienes que hacer lo que yo diga, me obedeces y punto. El otro también es persona, tiene su dignidad y debe ser respetada.
Quinto: Si te quiero no te dejo tirado cual bolsa de basura en el contenedor. Si te quiero te lo demuestro, no te digo “vete a paseo y no vuelvas” o “si eso ya luego hablamos que ahora me voy con mis amigos”. Cuando alguien te quiere va contigo a todas partes (aunque no le guste porque lo hace por ti) y no puede vivir sin ti.
¿Queda claro lo que es querer a alguien de verdad? Aunque parezca que “ojos que no ven, corazón que no siente”, el corazón sí que siente y sabe cuándo un amor no es verdadero.

Carmen Cáceres Calle

Distancia

Que alguien me lo explique porque no lo entiendo. No entiendo a la gente que piensa que la distancia mata la relación entre dos personas. ¿Pero qué me estás contando? Es como si tú te tuvieras que ir a Londres por trabajo y yo te dijera: “pero… ¿qué va a pasar con tus padres?” ¿A que ni te lo planteas? De hecho, tu respuesta sería clara: “Que ahí están y ahí seguirán”. No dejan de ser padres, ni son menos padres por mucho que tengan a un hijo en la distancia o no lo puedan ver con la frecuencia con la que les gustaría; y viceversa, un hijo no deja de ser hijo por muy lejos que esté de sus padres, es más, todavía debería de cuidarlos más si cabe. Pues lo mismo con tu pareja. Ahí está y ahí seguirá. Ojo al dato: no todas las parejas son iguales, pero una pareja que va en serio (no de tonteo ni para pasar el rato), que tienen los dos las cosas claras y quieren un futuro juntos, pues creo que sobran las palabras para decir que, por mucha distancia que haya eso no va a impedir que ese amor siga su curso y siga creciendo cada día más porque el roce hace el cariño y cuando no se pueda rozar a alguien porque no la tienes al lado, ni abrazar, ni besar, pues no por eso hay menos cariño. Precisamente, saldrán a relucir otras manifestaciones de cariño que hasta ahora ni se te habían pasado por la cabeza, ya sea un correo electrónico, una carta de tu puño y letra, unas flores encargadas por teléfono, skype o videollamada. Por tanto, la pregunta de qué va a pasar, sobra. No va a pasar nada nuevo. Mi vida no cambia porque no tengo al lado a mi pareja. Se puede no tener al lado al otro y ser super fiel a él o a ella porque todo es cuestión de querer (voluntad). Si quieres a una persona, ni la mayor distancia terrena podrá separarte del otro, pero, lo más importante, es que tú no querrás separarte de esa persona.
Analicemos, por un momento, qué se le pasa por la cabeza al susodicho o susodicha que te coje por banda y te suelta esa pregunta. ¿Será que piensa que la distancia implica ponerse los cuernos el uno al otro? ¿O que al cambiar de ciudad o país se empieza una vida nueva desde cero y hay que hacer borrón y cuenta nueva? ¿O que es absurdo cambiarte de lugar por motivos de trabajo y seguir estando atado a la ciudad que dejas porque mantienes una relación con alguien? ¿O que no vas a disfrutar lo mismo allí estando soltero que ennoviado? Me atrevería a decir que he acertado en todas mis conjeturas, no obstante, esto no deja de ser una reflexión sobre el noviazgo en la distancia. Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero creo que es posible que un noviazgo sobreviva a kilómetros de distancia porque cuando dos personas se quieren todo lo demás sobra. Quien quiera entender que entienda.

Carmen Cáceres Calle

Espejito, espejito…

La polémica que se ha generado a raíz de un reportaje de TVE sobre el estilo de vestir de los adolescentes españoles, titulado ‘Adolescentes: mostrar el cuerpo por primera vez’, en el que se ofrece a los padres una serie de consejos sobre los cambios en la vestimenta de los hijos en verano es patética, lo que pasa es que la gente tiene ganas de sacarle más punta al lápiz para terminar de clavarlo en la yugular de los que han realizado este reportaje.

Parece mentira que no conozcamos cómo son las madres. Están constantemente preocupándose de sus hijos y quizá, en determinadas ocasiones, de una forma excesiva y sin dejarnos respirar. Y puede que llegue un momento en que les preocupe cómo nos vestimos y más en la adolescencia, una época de crecimiento, cuando se producen los cambios corporales, hormonales y la rebeldía. Esto no quiere decir que nos impongan una forma de vestir concreta y determinada, sino que nos dan su consejo. Lo podemos aceptar o rechazar.

Lo que dice Maite, la madre, en el reportaje de que “parece que estamos en la época de enseñar todo” lo sabe y lo ve cualquiera que salga a la calle. Se ven culos y pechos con una facilidad que no hace falta irse a las playas. Hay gente que las enseña de manera gratuita, no hay ni que pagar. Sería hasta una buena idea echar alguna moneda cuando nos crucemos con alguien que lleva una raja en el culo o en el escote (como si fuera una hucha), al menos para hacerlos reflexionar sobre por qué lo hemos hecho. Claro que nos podemos ganar una bofetada de las buenas.

Pues bien, el taller de pedagogos al que van estos padres les recomiendan poner a los niños frente al espejo. Sin duda, una manera de que se vean a ellos mismos y vean cómo van a aparecer delante de los demás. Creo que el quid de esta cuestión no está en qué nos ponemos o dejamos de poner, sino en cómo nos miramos a nosotros mismos. ¿Tienes sentido de la estética y de la belleza? Habría que educar la mirada, enseñar a mirar. De esta manera, una persona gruesa no vestiría como una persona delgada ni viceversa, no por nada, porque no le quedaría bien ya que su complexión física es distinta. Solo aceptando lo que somos podemos estar a gusto con nosotros mismos y a la hora de manifestarnos a los demás.

Nuestra imagen habla de nosotros, se dice en el vídeo. El espejo es la clave. Mírate y dime qué ves. ¿Quién eres? ¿Qué quieres ser? ¿Qué quieres reflejar con tu forma de vestir? Dime cómo vistes y te diré quién eres. Y, efectivamente, piensa en lo que eres, no solo en lo que se lleva. ¿Tienes personalidad? Pues cómprate lo que quieras, no lo que te digan los diseñadores que se lleva o lo que está de moda. Me hace gracia que haya gente que se queje de la ranciedad de este vídeo y hable de que el Gobierno impone su moral cuando los que nos imponen cómo vestirnos son los diseñadores, no nos engañemos. Pues nadie me dice a mí si este año se lleva enseñar un pecho o el culo. Soy yo quien quiero o no enseñarlo, pero habría que plantearse algo más, ¿de qué sirve enseñarlo? Muchas veces me lo pregunto. ¿Reflejará lo buena/o que estás? ¿Será tan bonito que todos lo tienen que ver? ¿Y eres tan tonta/o de compartirlo con todos los extraños con los que te cruzas? Pues esto es venderse barato, tener poca estima de uno mismo y valorarse como el culo (y nunca mejor dicho).

Ponte lo que quieras y acarrea con las consecuencias de tu vestimenta, ya sea un pantalón largo, unos shorts, una minifalda, un bikini, un camiseta ajustada o más holgada. ¿Irá mi hija provocando? Pues que se lo pregunten a los hombres (por eso de ser del sexo opuesto). Si los demás te respetan plantéate por qué; si no lo hacen plantéatelo también. ¿Seré yo el problema? De todas formas, no esperes a que los demás te respeten si no te respetas a ti mismo y te das a valer menos de lo que vales por modas, tendencias o por presión social o del grupo de amigos.

Carmen Cáceres Calle

Pozo

Voy a contarte tres historias ficticias que giran alrededor de un pozo y con finales diferentes.
– En la primera, estaban dos niños jugando al fútbol cerca de un pozo. Fran chutó el balón y Carlos perdió pie y se cayó dentro. Se quedó en shock y sin decir palabra porque se sentía humillado. No le pudieron salvar porque no respondía.
– En la segunda, estaban dos niños jugando al fútbol cerca de un pozo. Fran chutó el balón y Carlos perdió pie y se cayó dentro, pero al instante gritó auxilio y pidió ayuda. Le pudieron salvar.
– En la tercera, estaban dos niños jugando al fútbol cerca de un pozo. Fran chutó el balón y Carlos perdió pie y se cayó dentro, pero desde ese mismo momento puso interés por salir de ahí y sirviéndose de una cuerda que encontró se puso a escalar hasta que logró pisar tierra firme.

En la vida te puede suceder algo parecido. Te puedes haber caído en un pozo, y a tu parecer, en un pozo sin fondo y tu actitud puede ser la de “no querer salir” porque tu cuerpo no responde. Estás con el ánimo apagado y sin fuerzas para salir a flote. Encima, tampoco tienes ganas de nada y te quedas ahí sumido en la melancolía de un tiempo que fue mejor, de una época en tu vida en la que fuiste feliz. Y, por así decirlo, te quedas ahí, estancado. Estás vivo pero parece que has muerto, como el Carlos de la primera historia, que no responde y está paralizado porque se siente humillado, herido.
O bien, puedes tener la actitud del Carlos de la segunda historia: me ha pasado esto y pido ayuda, tengo un problema y quiero encontrar la solución. Y Fran está ahí precisamente en el momento y lugar oportunos. Quién lo iba a decir pero cuando vienen las complicaciones en la vida o parece que la vida se te complica siempre hay alguien a nuestro lado para echarnos un cable, por muy minúsculo que nos parezca.
El Carlos de la tercera historia sí que mola porque es un Carlos que tropieza, se cae, parece que está hundido; pero no deja nunca que una pizca de desánimo y desesperanza le amarguen la vida y le impidan ver que sí hay salida. Es más, no solo es que hay salida sino que es él el que quiere salir. Coge las riendas de su vida y dice: “Aquí estoy yo y voy a salir de aquí como me llamo Carlos”.
Sin duda, tres historias que nos hacen pensar sobre hasta qué punto coges las riendas de tu vida y no permites que la vida misma, los palos, los problemas (o llámalo como quieras) te paralicen e impidan que siga su curso. La vida es apasionante pero, como siempre, de la actitud con la que afrontes todo lo que sucederá en ella determinará tu grado de felicidad. Quieres ser feliz? Pues ya sabes: siempre de frente, siempre adelante, siempre viviendo el presente y proyectándote hacia el futuro. Olvídate del pasado, no te amargues con recuerdos que no llevan a nada, solo a darte dolores de cabeza. Unas puertas se cierran y otras se abren. Cierra de una vez esas puertas que te quitan la paz e ilusiónate con hacer realidad tu proyecto de vida. Ah! y no te olvides de ser feliz durante el camino, que es largo, muy largo. Eso es todo, amigos.

Lolo

Tio Lolo,
¡Me tienes contenta! ¿Por qué te fuiste sin avisar? ¿Por qué una buena mañana sevillana de Domingo de Ramos, justo el día de tus sesenta cumpleaños, decidiste dejarnos? Nunca olvidaré ese día, pero nunca me olvidaré de ti. Difícilmente uno se puede olvidar de ti, tio Lolo; ni proponiéndoselo. Eras el mejor tio (pero que no se enteren los demás porque se pican). Siempre tenías un chiste en la boca para hacernos reír, una palabra acertada para levantarnos el ánimo, un guiño de ojo para mostrarnos tu cercanía y confianza, y una sonrisa que ni la mayor crisis ni el cinturón más ajustado te quitaron de la boca. Eras el más gracioso y guasón. Contigo teníamos asegurado echar un gran día en familia, donde las penas se dejaban a un lado para iluminar con tu luz siempre tan optimista. Eras un “cacho pan” y te confieso que se me caía la baba contigo (y se me sigue cayendo cuando me acuerdo de ti). Menos mal que son babas y no lágrimas, verdad? Seguro que no te gustó nada que lloráramos en tu funeral, pero no nos quedó otra. Y eso que te fuiste al Cielo con una sonrisa en los labios. Desde luego que el mismo día que nos dejaste te imaginé en el Cielo haciendo llorar de la risa a todos -e incluso a más de uno se le escaparía el puntillo- y correteando con el Señor a hombros (como en cada Semana Santa cuando salías de costalero). Ese “al Cielo con Ella” y con Él te ha llevado directo. Gracias tito, porque hasta el último día, tú y la tita me habéis enseñado lo que es el amor entre dos esposos. Cuando te tuviste que quedar ingresado en observación (por si las moscas), ya que tu corazón empezó a resentirse, he aprendido lo que es amar y te confieso otra cosa: quiero que mi matrimonio sea como el tuyo (o sea, que ya me puedes echar un cable, majo). La tita se tuvo que ir a dormir a casa, pero como si no se hubiera ido. Creo que ella nunca se imaginaba que iba a ser la última vez que te vería con vida. Antes se irse te dejó el móvil debajo de la almohada y ahí empezó vuestra noche de bodas, más bonita y real que he visto nunca. Cuando no te llamaba la tita, le llamabas tú. A la 1 de la mañana, a las 2, a las 3, a las 4, a las 5, a las 6, a las 7 y a las 8 fue la última vez. Una noche de risas, de recordar momentos, de pasarlo bien juntos (a pesar de estar en un hospital) y mimaros el uno al otro con pequeños detalles que no pasan desapercibidos ante los ojos de dos enamorados. Y así toda la noche: cuidándoos, amándoos, queriéndoos y entregándoos. A las 8 le dijiste a la tita que te encontrabas estupendamente, que se pusiera guapa y te llevara ropa arreglada para iros a ver pasar la Virgen de la Paz por el parque María Luisa. A las 8.20 llamaron a la tita para que fuera al hospital porque el médico la quería ver (tampoco se imaginaba que era para darle esa noticia). Ella te volvió a llamar al móvil y ya no contestabas. Cuando llegó, ya te habías ido. Tito, lo tuyo fue muerte súbita y los médicos, por más pastillas que te habían dado para evitar un infarto y más controlado que estabas de tensión, de pulso y de todo, no pudieron hacer nada. Te tenías que ir. Había llegado tu hora. Tu corazón pegó un bombazo alucinante. ¿Y sabes qué? Que yo sé por qué fue. Por amor; de amor. No se podía amar tanto a la tita, Lolo. La querías como hueso de tus huesos y carne de tu carne. No podíais ser más el uno para el otro, y eso que cuando os ennoviasteis nadie daba un duro por los dos. Y mira tú cómo no has podido tener una vida más llena y más feliz. Gracias, tito Lolo, por enseñarme tantas cosas, entre ellas a amar y hacer felices a los demás. Gracias de corazón.

Carmen Cáceres Calle